Las formaciones que aspiran a acreditarse como partidos políticos incurren en viejas prácticas. La paradoja opera como acicate de la curiosidad: si bien se presentan como expresión de un renovado sentir cívico, recurren a los hábitos de siempre para reconocimiento de su originalidad; reniegan de la urgencia social para dotarse de nuevos cauces de expresión política, premisa sobre la que promocionan sus propuestas, reincidiendo en actuaciones que las descalifican. El asunto se vuelve vodevil si un político con aspiraciones opta por alguna como espacio para seguir con el medro y agandalle. Exactamente esto sucede con Xavier Nava, reconocida figura del “Navismo legítimo de los herederos auténticos del legado navista auténtico de verdad y no como antes”. El alcalde invirtió todo tipo de recursos para que pudiera celebrarse con éxito la asamblea de México Libre que tuvo lugar en Soledad de Graciano, el domingo 26 de enero de este año. Reconsidera así sus opciones como candidato a la gubernatura, toda vez que ha recibido la patada de rigor por parte del PAN, PRI, PRD, y cualquier cosa visible e invisible con excepción del saturado changarro familiar. Dinero público, despensas, acarreados, invirtió el presidente municipal a cargo del bolsillo de los ciudadanos. La maniobra estuvo operada por dos sujetos, cada cual más amargo: Oliver Meade Herbert, de los Meade de aquí y los Hervert de allá, y Concepción Ramírez Díez Gutiérrez, mistificadora de la vulgaridad en prosapia. Oliver, hábito franciscano con alma abrazada al mundo y al diablo, y Conchita, simuladora obstinada y cerril, graciosamente encomendaron la asamblea a Raúl Paulín, despojo panista cuyos resortes morales son patética mezcla de resentimiento y desquite. (La mitómana cronista-corista, bombeándose un Brandy Alexander de Carlos I Imperial con una lágrima de cacao y nata, evoca esas tórridas horas con Marcelo en que entró corista y salió cronista-corista).
Nava, Meade y Conchita integran la tripulación pirata del Jolly Roger. Oportunistas y sinvergüenzas, organizaron una asamblea en que todo era simulación excepto para el INE. Nava espera a que se le aclare un futuro por lo demás oscuro en lo civil y lo penal. Conchita se dedica a maltratar a sus empleados, cerrar sus hoteles a condición de que el erario los rescate, a pelearse en el super por rollos de papel higiénico. Oliver, ebonista de cara a la galería, antiguo director de Cáritas en San Luis, enemigo a ultranza de lo que signifique trabajo, prefiere vivir del suegro y de la iglesia. Últimamente se dedica a lucrar con la religión en la Huasteca, en compañía de su primo Rolando, que no es el de canción de gesta sino que se asemeja al anaranjado de los botes para bebé con pollo y, en cuaresma, con pescado. Indescifrable y perversa simonía que con el cielo pretende comprar la tierra. En realidad, Oliver y Conchita dizque trabajan para Acción Nacional. Para este partido, el primero junto con su primo compra votos a cambio de socorrer a los desfavorecidos con la promesa del paraíso; y la segunda empeña su inteligencia (excelente noticia para los adversarios) en que su yerno pasmado y estupefacto, Pepe Toño o Pepetoño Zapata Meraz, sea reelegido diputado local.
Oliver y Conchita son un tándem extravagante y anormal, mojigato y parasitario, -proscrito del PRI y del PAN en el primer caso, en el segundo, expulsada del PAN- cuya gazmoñería olfatea en México Libre un hueso apetecible, entre aspersiones de agua bendita, bendiciones y genuflexiones. Nada que ver con un partido para ciudadanos al servicio de México, involucrado con sus procesos sociales y políticos. Sólo un pretexto para rescatar su maltrecha autoestima y sus cuentas corrientes a contrapelo de los requerimientos del país y en descrédito del partido en que dicen militar.
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