Ser o no ser es el dilema que enfrenta el esforzado diputado local por el PAN, José Antonio Zapata Meraz. Tutelado por Xavier Azuara, representa con exactitud lo que los dirigentes de un partido buscan en sus candidatos: servilismo y vasallaje. Pero el inopinado diputado regala otras circunstancias que merecen esmerada atención. A primera vista, Zapata Meraz es una piedra. Es decir, algo que no va ni viene, sino que lo llevan y lo traen. Casi siempre, tras el ajetreo, lo depositan aquí o allá. Pero no adorna ni engalana los espacios por los que transita, tan sólo los ocupa. Al parecer, cumple escrupulosamente con su comisión.
Detengámonos en la condición pétrea del intrépido diputado. Todo indica que su ser depende de su no-ser y su estar de su no-estar. Me explico, José Antonio Zapata Meraz es más cuanto es menos y está más cuanto menos está. Su ser, su estar y su haber se vuelven codiciadas cualidades cuanto menos es, está y ha. Es un caso raro pero notable de las veleidades democráticas. Con todo, Pepe Toño o Pepetoño destaca por ser asunto metafísico de primer orden. Nada hay en la realidad cuyo ser dependa de su no ser, que sea más a condición de ser menos, que estrictamente sea porque no es. Nada hay en la naturaleza que se comporte de esta manera, a excepción de Pepe Toño o Pepetoño. Lo que para Hamlet es irresoluble conflicto, para el diputado es una naturalidad. Si Shakespeare hubiera conocido al diputado se hubiera fumado unos cuantos churros. (Abrazada a una farola, bebiendo a gollete de una botella de Chivas, la cronista-corista repite un mantra: “la familia es muy importante, la familia es muy importante, la familia es muy importante”; y dirige una desmesurada y grotesca mueca al fondo de la noche). Pepe Toño o Pepetoño, inasequible al desaliento, ejerce y ocupa el lugar asignado, en ningún caso se hace cargo de una comisión o de un proyecto, obedeciendo a su condición mineralizada. No conquista el espacio sino que lo ubican; no cautiva el lugar sino que irrumpe en el balancín que lo transporta; no se acomoda, lo depositan. A veces a Pepe Toño o Pepetoño le invade el desaliento. Es consciente de que es menos no-es de lo que debería ser, de que está menos no-está de lo oportuno. Entonces se encienden las alarmas. Al menor atisbo de abandono de su cosificación, al mínimo síntoma de rebeldía o subversión, regresa sobre sí mismo como siempre el pedrusco sólo en sí mismo.
Pepe Toño o Pepetoño no es una piedra, es la piedra. Aquí reside su envidiable versatilidad: una piedra que es también político; una piedra que habla, poco; una piedra que anda, apenas. Nunca al revés en virtud del ser del no-ser. Esta capacidad o, con propiedad, este estado, es muy envidiado por los dirigentes de los partidos políticos, en busca constante de peñuscos con que engrosar su colección. No es el caso de Pepe Toño o Pepetoño o, bueno, sí es el caso, pero con atenuantes. Antes de llegar a la política ya era no-es, ya estaba no-está, ya había no-ha. Pero entonces apenas era una intuición. Hoy es ya una profesión, una ocupación exclusiva, una devoción irrenunciable. Anterior e irreductible a todo lo demás. Alguien podría pensar que en consecuencia Pepe Toño o Pepetoño es nada. En absoluto. Pepe Toño o Pepetoño es programáticamente no-es, no-está, no-ha. Pepe Toño o Pepetoño pidió el voto a los ciudadanos no para representarlos sino para servir con credenciales a Xavier Azuara. Estamos avisados. Lo que Pepe Toño o Pepetoño sea será siempre no-es.
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