Por Teodoro Briceño de la Parra
Lo que veíamos en películas o series de ciencia ficción sobre escenarios apocalípticos ya no nos parece tan lejano. Para algunas y algunos, aquello que parecía solamente el argumento de una película —que la inteligencia artificial podría acabar con la humanidad— comienza a sonar más como una advertencia seria.
Durante décadas construimos un imaginario colectivo en el que las máquinas despiertan, adquieren conciencia, se rebelan contra sus creadoras y creadores y deciden exterminarnos, y hoy pareciera que aquella idea comienza a salir de la ficción para instalarse en nuestras conversaciones cotidianas.
Aunque quizá estamos mirando hacia el lugar equivocado.
El verdadero peligro de la inteligencia artificial no necesariamente está en que un día decida destruirnos. No considero imposible imaginarlo, pero tampoco me parece hoy el escenario más realista. El peligro puede encontrarse en algo mucho más sencillo, más incómodo y bastante más humano, que seamos nosotros quienes aprendamos y decidamos utilizarla para destruirnos mejor.
Contrario a lo que algunas personas piensan, hoy la inteligencia artificial no tiene ambición, miedo, resentimiento, orgullo ni deseo de poder. No aspira a ocupar una presidencia, controlar una empresa, ganar una guerra o enriquecerse.
La cuestión es que nosotros sí. Y ahí comienza el problema.
La IA, lamentablemente, ya puede utilizarse para fabricar noticias falsas, suplantar voces, producir imágenes prácticamente indistinguibles de la realidad, automatizar fraudes, potenciar ciberataques, vigilar poblaciones enteras y multiplicar mensajes de propaganda a una velocidad imposible para cualquier equipo humano.
Nada de eso necesita una máquina consciente.
Sólo necesita seres humanos con determinados objetivos y acceso a herramientas cada vez más poderosas.
Durante años hemos discutido si la tecnología es buena o mala. Pensemos, por ejemplo, en el desarrollo de la bomba atómica. Quizá la pregunta siempre estuvo mal planteada. La tecnología es capacidad, es poder. Y el poder, como en tantas otras cosas, depende de quién lo ejerce, con qué propósito y bajo qué límites. Eso es precisamente lo que vuelve diferente a la inteligencia artificial.
No estamos hablando solamente de una herramienta que hace determinadas tareas increíblemente más rápido, estamos construyendo sistemas capaces de analizar cantidades gigantescas de información, generar contenidos, escribir código, reconocer patrones y tomar decisiones en segundos, algunas veces con una apariencia sorprendentemente humana.
Muchas y muchos agradecemos esas capacidades. Pero mientras más eficientes se vuelven estos sistemas, mayor será también nuestra tentación de entregarles responsabilidades.
Hasta ahora hemos comenzado fundamentalmente pidiéndoles recomendaciones, y el desarrollo de algunas tareas cotidianas por no decir que hasta hemos tomado decisiones con base en la información que nos da. Y algún día quizá descubramos que construimos sociedades en las que demasiadas cosas importantes dependen de sistemas que muy pocas personas comprenden por completo.
No hace falta imaginar una rebelión de robots para comprender el riesgo.
Pensemos en un ejemplo sencillo.
Supongamos que una inteligencia artificial muy avanzada recibe una instrucción aparentemente positiva, el producir más, mejorar la seguridad, aumentar la rentabilidad o hacer más eficiente el uso de la energía. Hasta aquí, nada parece preocupante.
El problema surgiría si algún día esos sistemas tuvieran una capacidad enorme para actuar por sí mismos y nosotros no hubiéramos definido con suficiente claridad hasta dónde pueden llegar para cumplir aquello que les pedimos. En este caso, una inteligencia artificial podría tomar decisiones que terminaran perjudicándonos y, aun así, considerar que está haciendo correctamente su trabajo.
No porque quisiera hacernos daño, sino porque estaría cumpliendo exactamente la orden que recibió.
Y aquí aparece uno de los grandes retos de la inteligencia artificial, conseguir que una máquina no sólo entienda nuestras palabras, sino también nuestros límites, nuestros valores y todo aquello que damos por sentado cuando pedimos algo.
A este problema se le conoce como alineación.
Dicho de otra manera, no basta con enseñarle a una inteligencia artificial qué queremos que haga. También tenemos que conseguir que entienda qué cosas no estamos dispuestos a sacrificar para lograrlo.
Porque una orden aparentemente sencilla puede esconder cientos de condiciones que los seres humanos damos por sentadas. Me viene a la mente el viejo cuento del genio de la lámpara, que nos concede exactamente aquello que pedimos, aunque las consecuencias no necesariamente sean las que imaginábamos.
Los seres humanos tenemos muchas buenas intenciones —obviamente no todas las personas ni todo el tiempo—, pero vivimos permanentemente entre contradicciones.
Queremos eficiencia, pero no a cualquier precio; queremos seguridad, pero no vigilancia absoluta; queremos crecimiento económico, pero no necesariamente destruyendo todo aquello que no produce rentabilidad; queremos energía limpia, pero seguramente no aceptaríamos sacrificar comunidades enteras para producirla.
Convivimos con contradicciones, matices y valores que ni siquiera nosotros sabemos explicar siempre con claridad. Una máquina puede ser extraordinariamente inteligente y, aun así, carecer de todo ese contexto si no conseguimos incorporarlo adecuadamente.
Después viene el escenario que últimamente produce más titulares ¿qué ocurriría si algún día creamos sistemas capaces de superar ampliamente las capacidades humanas en prácticamente todos los ámbitos intelectuales? No lo sabemos.
Y precisamente ése es el punto. Hay especialistas convencidas y convencidos de que deberíamos prepararnos desde ahora ante esa posibilidad. Otras voces consideran que hablar constantemente de una inteligencia artificial que exterminará a la humanidad desvía nuestra atención de problemas mucho más inmediatos, idea con la cual concuerdo.
Y tienen razón en algo importante. No necesitamos esperar una hipotética superinteligencia para encontrar riesgos.
Ya tenemos algoritmos capaces de reproducir prejuicios y que están modificando nuestro modelo básico de comunicación. Tenemos sistemas capaces de conocer nuestros hábitos de una manera sorprendente.
Basta observar nuestras redes sociales. ¿Qué contenidos nos sugieren? ¿Qué videos aparecen frente a nosotros? ¿Qué productos nos ofrecen? ¿Qué noticias terminamos leyendo? Todo parece cada vez más hecho a nuestra medida, de acuerdo con nuestros gustos, intereses y comportamientos. Una realidad superpersonalizada que puede resultarnos cómoda, pero que también plantea enormes interrogantes.
Tenemos plataformas que compiten permanentemente por nuestra atención; tecnologías capaces de fabricar realidades falsas cada vez más convincentes y empresas que concentran cantidades de información y capacidad tecnológica que hace apenas unas décadas habrían parecido inimaginables.
Por eso la conversación sobre inteligencia artificial no debería convertirse únicamente en una discusión entre optimistas y apocalípticos. La IA está transformando —y afortunadamente también mejorando— ámbitos como la medicina, la educación, la ciencia, la comunicación y buena parte de nuestra economía.
Puede ayudarnos a desarrollar tratamientos, descubrir materiales, administrar mejor los recursos y democratizar conocimientos que durante mucho tiempo estuvieron reservados para unas cuantas personas.
Pero una herramienta capaz de hacer grandes cosas también puede provocar grandes daños. La historia humana está llena de ejemplos. Cada vez que aumentamos nuestra capacidad tecnológica, aumentamos simultáneamente nuestra capacidad para construir y para destruir.
Por eso quizá la pregunta más importante no sea si la inteligencia artificial podría acabar con nosotros, quizá deberíamos preguntarnos si la humanidad tendrá la madurez suficiente para utilizar responsablemente una herramienta cada vez más poderosa.
Porque hasta ahora la inteligencia artificial no tiene codicia. Nosotros sí.
No desea controlar territorios. Nosotros sí.
No quiere manipular elecciones, acumular fortunas ni conquistar mercados. Nosotros sí.
Y tal vez el escenario más peligroso no sea aquel en el que las máquinas finalmente comiencen a comportarse como seres humanos.
Tal vez sea aquel en el que los seres humanos descubramos que las máquinas pueden multiplicar nuestras propias ambiciones sin cansarse, sin dormir y a una velocidad que ninguna sociedad había experimentado antes.
Lo que si no podemos obviar, ante el rápido desarrollo de la IA, es el preocuparnos seriamente por controlar una inteligencia artificial extraordinariamente poderosa.
Pero antes de llegar a ese momento probablemente tendremos que resolver un problema mucho más antiguo; aprender a controlarnos a nosotras y nosotros mismos.
Y eso sí lo veo muy, pero muy difícil.
Aunque también hay algo profundamente humano que ninguna discusión sobre el futuro debería hacernos perder, hablo de la esperanza.
Mientras existamos los seres humanos también existirá esa posibilidad. La esperanza de seguir construyendo un mundo mejor.
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