Por Teodoro Briceño de la Parra
Para nadie —desde la presidenta de México hasta una regidora o un regidor de cualquier municipio, o cualquier ciudadana o ciudadano— resulta desconocido que existe un profundo desgaste en la percepción de la política y de varias de sus instituciones. No se trata únicamente de una impresión aislada: algunos indicadores permiten observar con claridad la desconfianza que persiste hacia actores centrales de la vida pública.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) 2023 del INEGI, sólo 28.9 por ciento de la población de 18 años y más manifestó mucha o algo de confianza en los partidos políticos, mientras que 83.7 por ciento consideró muy frecuentes o frecuentes los actos de corrupción en ellos. Los datos no explican por sí solos toda la relación de la ciudadanía con la política, pero sí muestran un problema que debería preocuparnos y llevarnos a preguntar cómo llegamos hasta aquí.
Sería demasiado sencillo responsabilizar únicamente a la ciudadanía por el poco interés que en ocasiones muestra hacia los asuntos públicos. Una parte de ese deterioro también ha sido alimentada por las propias prácticas de quienes participan en la política: sus contradicciones, sus confrontaciones, la falta de resultados y, sobre todo, la distancia que muchas veces existe entre lo que se promete, lo que se dice y lo que finalmente se hace.
Pero tampoco creo que podamos concluir, sin más, que a las y los mexicanos no les interesa la política. La Encuesta Nacional de Cultura Cívica (ENCUCI) 2020, elaborada por el INEGI en colaboración con el INE, entiende la cultura cívica desde una perspectiva mucho más amplia que el acto de votar: considera los valores y prácticas ciudadanas, el involucramiento en los asuntos públicos, la participación social y política, los derechos y obligaciones, así como la relación de la ciudadanía con las autoridades y las instituciones.
Más que una sociedad ajena a la política, me parece que vivimos en una sociedad profundamente politizada, aunque esa politización no siempre se traduzca en una participación permanente en los asuntos públicos. Las personas solemos reaccionar cuando una decisión afecta directamente nuestros intereses. Podemos verlo cuando sectores empresariales se movilizan ante cambios que modifican las condiciones para sus negocios; cuando el campesinado defiende sus productos o su actividad; cuando comunidades indígenas protegen su territorio, o cuando organizaciones sociales consideran amenazada una causa que les importa.
Entonces sí aparece la política.
El problema comienza cuando nuestra participación termina exactamente donde terminan nuestros intereses.
Nos indignamos cuando una decisión nos perjudica, pero podemos permanecer indiferentes cuando afecta a alguien más. Defendemos nuestros derechos, pero no necesariamente los derechos de otras personas. Exigimos que se escuche nuestra causa, pero muchas veces ignoramos aquellas que no sentimos propias.
Y ahí también existe un reto para nuestra democracia.
Porque ciudadanía no debería significar solamente defender aquello que me beneficia o lo que me afecta de manera directa. Implica también reconocer que vivimos en comunidad y que los problemas de otras y otros, tarde o temprano, terminan formando parte de los nuestros. Una democracia no se fortalece únicamente cuando participamos por interés propio, sino también cuando somos capaces de reconocer como legítimas las necesidades de quienes viven realidades distintas a las nuestras.
La política mexicana también necesita revisar algunos de sus paradigmas.
Durante décadas han circulado frases que parecieran formar parte de una especie de manual no escrito del oficio político. Al potosino Gonzalo N. Santos se le atribuye la célebre expresión de que “la moral es un árbol que da moras”. A ella se suman otras expresiones coloquiales que presentan la política como un espacio en el que hay que soportarlo todo, callar, ceder o renunciar a las convicciones para poder permanecer.
El problema de esas ideas es que terminan normalizando una premisa peligrosa: que participar en política exige necesariamente abandonar determinados principios.
Quizá deberíamos comenzar precisamente por cuestionar eso.
¿Por qué una persona tendría que dejar sus principios en la puerta para poder participar en política? ¿Por qué la congruencia tendría que considerarse ingenuidad? ¿Por qué aceptar prácticas con las que no estamos de acuerdo tendría que convertirse en requisito para sobrevivir políticamente?
El problema tampoco pertenece exclusivamente a un partido o a una corriente política.
Cuando un grupo en el poder se cierra a la crítica y supone que cualquier cuestionamiento proviene necesariamente de sus adversarios, se empobrece la discusión pública. Pero también ocurre cuando la oposición no logra construir argumentos suficientes para colocar determinados temas en la conversación y termina recurriendo principalmente a la descalificación.
En ambos casos perdemos.
El oficialismo necesita entender que gobernar no elimina la necesidad de escuchar la crítica. La oposición necesita comprender que oponerse tampoco sustituye la obligación de construir argumentos, propuestas y alternativas. Y la ciudadanía tendría que reconocer que participar políticamente significa algo más que reaccionar cuando nuestros propios intereses están en juego.
La falta de congruencia puede existir en todos lados.
Por eso México puede acercarse a un terreno peligroso si normalizamos una política en la que cada grupo escucha solamente a quienes piensan como él; en la que cualquier crítica se interpreta como ataque, cualquier defensa se convierte automáticamente en militancia y dejamos de interesarnos por los problemas que afectan a quienes están fuera de nuestro círculo.
La política debería volver a significar algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más complejo: ocuparnos de lo que tenemos en común.
Quizá el verdadero cambio de paradigma comience cuando dejemos de preguntarnos únicamente qué me afecta a mí y empecemos también a preguntarnos qué les está pasando a los demás.
Porque una sociedad profundamente politizada, pero incapaz de mirar más allá de sus propios intereses, puede discutir mucho de política y, al mismo tiempo, mantener una ciudadanía débil.
Fuentes de consulta
Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) 2023. Principales resultados.
Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) e Instituto Nacional Electoral (INE). Encuesta Nacional de Cultura Cívica (ENCUCI) 2020.
Márquez, Graciela. “Gonzalo N. Santos: más allá de las anécdotas. Confronta entre dichos populares y hechos documentados durante el sexenio 1943-1949 en San Luis Potosí”. Secuencia, 2026.
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