Cissi, comprometida con culturizar tierra de indios, trabaja infatigablemente de lunes por la tarde a jueves por la mañana dando órdenes en SeCult, regañando a Herrera frente a todos y corrigiendo y criticando a sus compañeros directores cada que nos visita en San Luis.
Cissi o Nono es mexicana en Venezuela y venezolana en México. Tras una maitrisse, a la que pretenciosamente llama maestría (pero que no aparece por ningún lado en la papelería que entregó al gobierno), fue en un primer momento francesa en México. De regreso, decía con un énfasis que rayaba en la enajenación: “Kagro”, en lugar de “carro”; y “cabagret”, en vez de “cabaret”. La artimaña no debió de resultar porque después de una estancia en la patria de Maduro se olvidó del malabarismo fonético y optó por el chévere. Ahora ya no dice “kagro” sino “chévere carro”, ni pronuncia “cabagret” sino “chévere cabaret”. Para ser francés hay que ser francés, pero para ser venezolano uno nace donde se le pega la gana a condición de añadir un “chévere”. Cissi o Nono parece invitar a “póngale un chévere a su vida”. Pues sí, sí; digo, pues no, no.
¿Cómo llegó esta mexicana-francesa-mexicana-venezolana-mexicana a la Secretaría de Cultura de San Luis Potosí? Por mediación de Armando Herrera, ese remedo extraviado en su laberinto de dudas y complejos, corrupciones y nepotismos. Pánfilo Herrera decidió que había que hacer algo. Ver para creer. En el único gesto equiparable a una decisión, se trajo a Cissi para que su savoire fair o chévere saber hacer iluminara el erial potosino. Desde el primer momento su presencia generó una oposición natural y espontánea: “les presento a Cissi”, a lo que el gracioso de turno respondía “pues nono”. Lo puso a chévere huevo. Pero su llegada a San Luis no pudo ser más discreta con apenas 1,50 de estatura. Quien ha estado en una revolución, aunque sea chévere, tiene recursos. Así optó Cissi por disfrazarse de indígena chichimeca o de tehuana poblana en leggins grotescos y acompañada de su esposo, lo único venezolano, Enrique Acevedo Castillo, virtuoso de las timbaletas, a quien coloca donde sea para cobrar el diezmo correspondiente de la SeCult, en perjuicio del público sometido a semejante tortura.
Su especialidad es la gestión cultural, pero sus talleres están bajo sospecha. Cuando los incautos talleristas solicitan trabajo, les preguntan “¿con quién tomaste el curso o el taller?” y responden “con Cissi”, los empleadores contestan, “pues no, no”. El chistorete se impone. No dice que salió de Querétaro, ciudad donde todavía vive, de malos modos y con fama poco más que cuestionada, tampoco que se necesita de algo como Herrera para morder hueso. Pánfilo importó a Cissi considerando su deplorable desempeño queretano, causa por la que disfrutamos de su colorida quasi presencia tan pizpireta y pinturera. No hay que menoscabar el ímpetu con que acomete la tarea. Sí, sí. Ímpetu no es lo mismo que entusiasmo. No, no. De un grupo de colaboradores que frisa entre los 60 y los 120 años, es difícil otra cosa que no sea un impetuoso bostezo. Nuestra Cissi ha venido para quedarse, por mucho nono que le dedique la murmuración. Cissi, efervescente y bullanguera, ha decidido que ya ha amortizado la idea de Armando Herrera; que Pánfilo, tras la histórica determinación con que la trajo, ha concluido su labor; que para eso ella está aquí, para que el gobernador la suba a los altares de la Secretaría de Cultura y pase a los libros de historia y le hagan corridos y romances, y fotografías con sus huipiles XL para ilustrar libros de gran formato, y todo muy chévere y beaucou pére aquí y, allí, muy chido y muy padre. (Entre brumas, la cronista-corista anota en la etiqueta del Herradura que abraza devota: beaucou pére, posible denominación de la cepa de Chateauneuf du Pape).
Cissi, comprometida con culturizar tierra de indios, trabaja infatigablemente de lunes por la tarde a jueves por la mañana dando órdenes en SeCult, regañando a Herrera frente a todos y corrigiendo y criticando a sus compañeros directores cada que nos visita en San Luis. Cuando sus compañeros le reprochan el trato de favor, contesta nono. A Cissi, la del huipil chévere, pizpireta y pinturera, la venezolana en México y mexicana en Venezuela, no le importa la obligación de trabajar la semana obligatoria, porque para eso Armando Herrera anda ocupado en que su esposa, Claudia Rocha, y su amigo íntimo y la amiga cronista-corista del amigo íntimo desfalquen el presupuesto.
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