Fotografía: eloccidental.com.mx
Francisco Ignacio Taibo II, Paco para los compañeros de viaje, Ignatievich o Natieff para los camaradas, es un hombre orquesta. Precede su aparición una estridente y estrepitosa retahíla de eructos, carraspeos, resoplidos, estornudos, toses, y no pocas veces aliviadas pedorreas, acompañada de espesas volutas satelitales de cigarro y lata de coca en ristre. Simula una locomotora de carbón, asmática y fatigada, o la sala de máquinas con EPOC de un barco a vapor. Irrumpe como estrella, aunque se le recibe como asteroide gaseoso. Ante semejante despliegue nadie duda de que el progreso está en marcha y el paraíso del proletariado a la vuelta de la esquina. Paco o Natieff es un intelectual revolucionario. Originario de la minera Asturias, desde temprano asumió que un intelectual sólo lo es si revolucionario, de manera que ya no se preocupó por lo intelectual.
Inflamado con aires de cambio, prestigio bolchevique, soflamas dirigidas a la galería, llegó a la dirección del Fondo de Cultura Económica mediante un sospechoso, desde la óptica revolucionaria, decreto del Presidente de México. La revolución acostumbra a quedarse a las puertas de las instituciones cuando el agente de cambio recibe un nombramiento. Paco o Natieff aceptó el cargo con la contrariedad que resulta de haberse fraguado en la pequeñoburguesa silla Presidencial, en lugar de haberlo tomado a sangre y fuego como manda el vademecum subversivo. Con todo, el fin justifica los medios, exhibiendo estrecha familiaridad con el catecismo leninista. Se identifica más con el Che Guevara. Hay noches en que sueña que estuvo en Sierra Maestra, al lado de Fidel Castro, junto a Camilo Cienfuegos, mano a mano con el traidor Huber Matos. Fantasea con que aguardaba en el campamento de scouts, asando un cochinillo, en su papel de chef de asalto, esperando a los heroicos compañeros, luego camaradas. Porque para Paco o Natieff la revolución culinaria es decisiva en toda algarada, como acredita su estómago varias veces desbordado y doblado (lo único que en rigor puede doblar a pesar de sus alardes), equiparable a la proa roma de un carguero exhausto y mercurial de la lucha de clases. Hay que convenir que Paco o Natieff entiende de manera muy particular la dialéctica. Es de los que prefiere igualar por arriba. Más que igualar, expropiar el arriba. (La cronista-corista, ninfómana y promiscua, con una jarra a rebosar de Hand Job, con más Absolut y licor de plátano que Herradura y crema de whisky, sostenida con ambas manos, considera con proverbial modestia su pericia en estas lides).
Como revolucionario se viste con playeritas que no alcanzan a cubrir el abdomen, jeans y tenis. Como intelectual comprometido revisa metódicamente que las quincenas y aguinaldos le lleguen íntegros. En cuanto a su obra, por fin le ha dado un respiro contribuyendo ahora sí al bien común. Como combatiente temerario de la causa del progreso se entrega obsesivamente al desprestigio del Fondo de Cultura Económica, apegado a la implacable estrategia de demolición. En términos revolucionarios, no parece que haya en México nadie más competente. En asuntos gastronómico-dialécticos, tampoco. La cultura es lo de menos pues sólo es a condición de ser revolucionaria. Para quien es la Revolución no es cultura nada que no esté en él, pragmática sanción que transforma a conveniencia la suprestructura. Curiosamente el excesivo peso que advierte en la institución no lo observa en sí mismo. A este propósito innova en la dirección del Fondo, adoptando maneras de Labrenti Beria mediante mensajes semanales en que comunica los antojos revolucionario-editoriales. Paco o Natieff es una barcaza de desembarco (PT las llamaban en la Navy, ¿azar?) que transporta un cochinito asado para brindar a los valientes camaradas.
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