En la lucha contra la pandemia se aprecian diferentes estrategias de acuerdo con la cultura política de las regiones. Dejando a un lado a China cuyas cifras de contagios y muertos son absolutamente discutibles, Hong-Kong, Corea del Sur, Singapur y Japón enfrentan con mayores garantías la pandemia. Las crisis anteriores de coronavirus dotaron a esos países de una experiencia que ahora les permite un despliegue efectivo de medidas. Ayuda en esta oportunidad el autoritarismo plenamente aceptado por la sociedad que favorece adoptar las medidas de seguimiento y confinamiento de la población sin mayores contratiempos. Con todo, hay un elemento decisivo del que carecen, por ejemplo, en Europa: la tecnología. En Corea del Sur sus habitantes están constantemente monitoreados. Los Big Data se han vuelto determinantes para combatir el Covid-19. Otro factor decisivo es la aplicación sistemática y metódica de test para detectar contagios. Las pruebas proporcionan información de primera mano sobre la tasa plausible de contagios en lugar de aceptar la tasa aparente.
En Europa la estrategia ha sido diferente sobresaliendo por la mala planificación y peor implementación de estrategias. Como sociedades abiertas, Italia, España, Francia, Alemania, Reino Unido han sido renuentes a aceptar políticas de prevención hasta que la realidad se ha impuesto. Sin embargo, la escasez de test de detección rápida del coronavirus y la falta de respiradores han desbordado unos sistemas de salud que antes de la crisis presumían de eficiencia. La sanidad europea no sólo está rebasada sino que además ignora la tasa plausible de contagios. Por eso las cifras son tan alarmantes. De acuerdo con el número de contagios confirmados en España (78.897), la tasa de letalidad es casi del 10%, pero si como parece los contagios ascienden a 500.000 la proporción es más asumible o menos dramática. Otro factor no menos significativo es la carencia de respiradores, causa frecuente de la muerte de los infectados que obliga al personal médico a decidir quién vive y quién muere. La falta de pruebas mantiene a Italia y a España a oscuras. Caso completamente distinto al de los países asiáticos. Al desorden natural de la pandemia, se suman tanto en Italia como en España unos gobiernos incompetentes y erráticos, desorientados e ineficientes, que exigen a su personal sanitario una generosidad que no es suficiente para enfrentar al virus. El error de Europa fue apostar por la sanidad en lugar de hacerlo por la prevención sin entender, además, que es necesario dotar a los hospitales y centros de salud de respiradores y material sanitario como mascarillas, guantes, batas, etcétera. No advirtieron la severidad de la amenaza.
En México, el gobierno federal se ha mostrado reticente a adoptar medidas hasta hace pocos días. La sociedad civil y algunos Estados optaron por organizarse. En San Luis Potosí hace ya una semana que se exhortó a los ciudadanos a que se recluyeran en casa. Sin embargo, no se están aplicando las pruebas rápidas para conocer la tasa plausible de contagiados, limitándose a la cifra acreditada por los servicios de salud. Urge la aplicación de pruebas, pues sólo esos resultados cartografían la tasa estimada sobre la que se puede actuar adquiriendo el material idóneo. Las autoridades deberían moverse con celeridad, en caso contrario corren el riesgo de llegar demasiado tarde o no llegar. El virus no da tregua. Estos son los momentos, que ya no volverán, de recabar información y tomar decisiones.
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