La noche del jueves 5 de este mes, periodistas de importantes cadenas de comunicación de Estados Unidos dejaron de transmitir un mensaje de Donald Trump que denunciaba fraude electoral. Lo acusaron de mentir y de no aportar pruebas que acreditaran sus acusaciones. El hecho no tiene precedentes. En México esa decisión se recibió como ejemplo de ética profesional. Los medios nacionales celebraron la determinación de CNN, FOX, Univisión. Lo interesante no es el suceso que tuvo lugar al otro lado del Bravo, sino cómo se acogió en nuestro país. Acusar a alguien de mentir implica que el que acusa no está en falta. Esos medios censuraron las palabras de su Presidente amparados en una supuesta superioridad moral, prescindiendo del derecho de los ciudadanos a informarse. Se asumieron como juez y parte, tratando a los espectadores como menores de edad, como huérfanos sin criterio propio. La decisión de las televisoras se antoja inquietante. En disputa no está si Trump cae bien o mal, sino si esos medios actuaron en apoyo al candidato demócrata, sumándose así al fraude no probado denunciado por el republicano. Con todo, en nuestro país no pocos periodistas aplaudieron con entusiasmo un gesto que socava el deber de informar. El pretexto o el argumento, una denuncia sin fundamento emitida por Trump.
Sin embargo, en las mañaneras del Presidente Andrés Manuel López Obrador nadie se levanta de la silla, ninguna televisión deja de transmitir, ninguna radio desconecta. En puridad, son una retahíla de falsedades, medias verdades, mentiras obscenas, salpicadas de calumnias y difamaciones. Como muestra un botón: se ha acabado la corrupción, no hay nepotismo, la pandemia está controlada, la culpa es del neoliberalismo y de los conservadores, la economía va requetebién. Nunca exhibe pruebas, documenta acusaciones o afirmaciones, aporta evidencias. Los periodistas siguen allí como estantiguas. Estos mismos se solidarizaron con sus compañeros estadounidenses, como si la situación de López Obrador no fuera semejante a la de Trump, como si sus falsedades fueran menores a las de aquél, como si sus mentiras fueran verdades. (La cronista-corista que ha hecho verdad de la mentira completa de su vida, asiente complacida entre brumas ante la observación, enchufada a una bomba de Sex on the beach, apenas perfumado con melocotón, aunque ya no tiene edad).
La evidencia indica que lo que es conveniente en el país vecino, no lo es en el propio, que aquí se aplaude lo que se hace allá pero en absoluto se replica. Los mismos argumentos esgrimidos por los medios estadounidenses podrían aducirse para abandonar las mañaneras de López Obrador. Si el asunto en conflicto es la verdad o su ausencia, no hay manera de encontrar argumentos que justifiquen el seguimiento de las conferencias de prensa del presidente mexicano. La disputa no reside en si es simpático, sino si lo que dice es verdad y puede probarlo. Todo indica que no es así, de manera que la ética parece confinada a razones geográficas y no profesionales. Algunos informadores de López Obrador se defienden diciendo que no es igual a Trump sin aportar pruebas que paradójicamente exigen a éste. La realidad es que en este asunto son idénticos. Sin embargo, el derecho a la información es inviolable, como lo es la libertad de expresión. Al final es el ciudadano quien decide sobre la verdad o falsedad de la información que consume. No es atribución de los medios decidir que conviene o no. Entonces, ¿por qué tanta alharaca, tanto alboroto, tanta fanfarria?
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