El descrédito de los partidos políticos no es en exclusiva cuestión de percepción de los ciudadanos. En puridad, la causa reside en los propios políticos. Las formaciones no están al servicio ni de la ciudadanía, ni de la sociedad. En todo caso se sirven de ellos para fomentar su inmoralidad y rapacidad. Los partidos operan en los hechos como parásitos a la vez que son huéspedes de otros parásitos, los políticos. Cascarones vacíos de cualquier compromiso cívico, construcciones deshabitadas de humanidad, envolturas que no alcanzan a cubrir sus vergüenzas. Los políticos dotan a los institutos de nadería. Un erial. No basta con que se acomode el político en turno, se impone que haga las veces de facilitador de toda la parentela. Así, el partido se convierte en agencia de colocación familiar del presidente ocasional. Uno no entiende cómo instrumentos que podrían mejorar la calidad de la democracia se transforman en sus enemigos más enconados y corrosivos. Estas circunstancias explican que el asalto a la presidencia de un partido político sea decisivo. Con tales premisas no sorprende, aunque agravia, que los presidentes se comporten como déspotas, como reyezuelos absolutistas, como tiranos circunstanciales. Lo importante no es representar a una opción ciudadana, sino que se haga la voluntad del sátrapa del momento coreado por sus paleros. Lo relevante no es que los mejores representen al partido, sino la familia del afortunado. Difícilmente se comprende que alguien señalado por corrupción, nepotismo, tráfico de influencias, sea siquiera candidato a la presidencia de un partido político o prospecto a diputado, senador, gobernador. Pero no sólo sucede, sino que estas características operan como credenciales. (Caída en la abyección, la mitómana cronista-corista, rendida desde siempre en el lecho de Procusto, se sirve on the rocks una tembladera de Ballantines 17 años)
Paradigmático es el ejemplo de Xavier Azuara Zúñiga. Marcelo de los Santos le regaló la alternativa como lacayo en el ruedo político. Periodo de afrentas y humillaciones apenas sobrepuesto a impulsos del revanchismo y del desquite. Una vez en la presidencia estatal de Acción Nacional, cobraba un millón de pesos por candidatura, precio en que tasó tanta vileza, tanta ignominia. Remató su venganza largo tiempo madurada colocando a su suegro en el congreso a las órdenes del siempre servil Rolando Hervert, que a su vez se puso a las órdenes del dichoso suegro como manda la urbanidad. Se fugó a EEUU por cuestiones relacionadas presuntamente con el crimen organizado. De regreso, se aferró a la dirección del partido que cedió graciosamente en su doméstico Juan Francisco Aguilar. Con tales adornos, lo que sale de labios de Azuara resuena a majadería. Cuando declara que faltan acciones de gobierno para evitar desempleo masivo, se le podría solicitar que aplique las mismas medidas que utiliza en su familia; si solicita claridad sobre las pruebas del Covid-19, se le podría solicitar la misma transparencia en la elección del presidente y de los candidatos del PAN. Hay que otorgarle la razón, no obstante, cuando informa que con promesas no se puede mantener a flote al país, basta reparar en Acción Nacional.
Xavier Azura, escapista en el otro lado, otrora caudillo del PAN estatal, en la actualidad dictadorcillo del vicariato partidista, conseguidor familiar, colocador de amiguetes, cobrador de favores, traficante de influencias y de algo más, concentra en su persona los blasones que para sí desearía cualquier presidente de cualquier partido. Resulta conmovedor cuando Azuara se dirige a los ciudadanos para informarles cómo deben ser las cosas. Se agradece la deferencia y el interés.
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