La libertad de expresión concentra todo tipo de simpatías y adhesiones. Pocas veces, en cambio, se comenta que determinados individuos y aparatos se adueñan de ésta para censurar en su nombre. Sucede con la libertad de expresión lo que acontece en tantos ámbitos. Hay quien diseña campañas en contra de una persona pero se las encarga a periodistas y medios como si la aparente diversidad conjurara la compra del espacio. En estas ocasiones, la libertad de expresión que en su origen obedece a la libertad de pensamiento e información se resiente al servicio de intereses ajenos. Esta premeditación se traduce en actos informativos que demeritan el criterio de los profesionales. Este proceso deteriora la libertad de expresión por mediación justamente de quienes deberían velar por su respeto. Sucede entonces que en una sociedad hay quien puede ser objeto de denuncias públicas y quien no, no en virtud de sus actos reprobables, sino de su relación con determinados medios. La libertad de opinión aparece así condicionada por intereses personales. Más curioso es que a menudo sean directores de medios de comunicación quienes decidan en función de sus complicidades a quienes se puede denunciar o de quienes se puede hablar. Las consecuencias de este entramado revelan a un cuarto poder que abdica de su responsabilidad en perjuicio de la ciudadanía y de la democracia. Un cuarto poder que se confunde con los otros poderes, incapaz de replantearse su función decisiva en lo social. Parte de la actual descomposición política, social y moral se debe a la renuncia de medios de comunicación a cumplir con su objeto. Desde luego, todos defienden la libertad de expresión, en los hechos la censuran atendiendo a amistades, simpatías y relaciones. La censura de la libertad de expresión no procede únicamente del aparato político, sino ante todo de los medios de comunicación en lo local y nacional. (La cronista-corista, que desde hace tanto ha convertido su vida en un circo de los horrores con la inestimable colaboración del tartufo de su Pantaleón, se sirve en una tinaja un Clericot de durazno para brindar por su desvergüenza).
En estas circunstancias, por ejemplo, no extraña que periodistas que apenas meses atrás criticaban con dureza a López Obrador, de manera inopinada se presenten como sus defensores acérrimos sin renunciar a sus vestidos de Adolfo Domínguez y a sus complementos de Louis Vuitton. A nadie parece irritarle este travestismo. Se acepta con naturalidad lo que no lo es en absoluto. Estas actitudes exhiben la ausencia de criterio propio, de argumentos sólidos, de opinión fundada. Muestran la carencia de todas las circunstancias requeridas por la libertad de expresión. Así, la libertad de expresión no obedece a un principio moral sino al capricho del momento, al antojo oportunista, a la veleidad instantánea. Libertad de expresión no es únicamente un pronunciamiento personal sobre algo o alguien, es ante todo una opinión fundada. Quizás por eso resulta tan sencillo renunciar a este derecho de todos, por eso se antoja tan cómodo someter el pensamiento de otros en el supuesto de que no lo tienen, acaso por eso la libertad de expresión es tan sólo una fórmula vaciada de contenido, pero alegremente compartida. Paradójicamente la crítica incomoda también a los medios de comunicación, sobre todo a sus directores. La evidencia es que cuanto más se proclama, la libertad se reduce incluso en su expresión.
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