- El pequeño sigue las huellas de un legado ancestral. Su grandeza va más allá de la destreza
La charrería para los niños que la practican, es una herencia que se lleva en la sangre, que late en sus venas. La cuerda, la silla y el sombrero, son extensiones de un linaje arraigado en la bravura.
En el Campeonato Nacional Charro se puede observar a pequeños practicar en un espacio del estadio 20 de Noviembre.
Entre esos niños se encuentra Leonardo Vital de Luna, un pequeño de ocho años de edad. En sus manos la cuerda se convierte en danza y va tejiendo sueños con cada giro y salto.
Leo es originario del estado de Aguascalientes y muestra su habilidad en mangana, resorte y las pasadas, que se llaman así por la forma que toma la soga.
Dice que practica «desde chiquito, desde bebé». Lo aprendió de su mamá y papá. Ante la pregunta del por qué le gustaría ser Charro, ataja «Ya soy Charro», con seguridad y firmeza.
Ha participado en «El Nacionalito Charro» en la ciudad de Aguascalientes, con «suertes» con un caballo manso. Habla de esta actividad con orgullo, «me gusta porque seguimos nuestra tradición».
En la arena polvorienta, las pequeñas manos de Leo tejen lazos de valentía, y en sus ojos se refleja la determinación para cumplir sus sueños de ser veterinario y uno de los más grandes de la charrería en nuestro país.
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