La libertad es una puta de la que todo el mundo se considera proxeneta. En nombre de la libertad se censura la expresión, la opinión y el pensamiento a condición de respetar el pensamiento, la opinión y la expresión de su dueño. Hay quien, incluso, considera la libertad patrimonio personal. Así le sucede a Enrique Krauze, que actúa como su rufián o su madame mientras las cosas le van bien y, una vez que se le tuercen, mejor se la deja a otros, aunque en la mejor disposición de recuperar a su pupila cuando se compongan. Da la impresión de que lo que no se publica no existe, cuando todo es con independencia de esta circunstancia. No se comunica algo para que en automático cobre realidad, sino que se consigna puesto que participa de realidad. La información no obedece a un pensamiento mágico que transforma lo dicho en hecho. Jean-François Rével comienza El conocimiento inútil aseverando que “la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. Hay quien en lugar de construir una vida levanta una simulación, en vez de reivindicar la dignidad edifica una gran impostura, no porque su vida sea importante, sino porque toda entera es una mentira completa. Hay quien cuenta a sus hijos por infidelidades y le atribuye la paternidad a otro, quien recibe distinciones a cambio de acostones con el consiguiente tráfico de influencias, quien se apropia impunemente de lo que no es suyo con la complicidad de otros. Para mantener este orden es necesario que una parte de la sociedad esté en el secreto, la misma que se escandaliza ante lo mismo que promueve. Lo peor de la Sociedad de San Luis se concentra en la potosinidad. El vocablo designa la descomposición y la degeneración de un sector que hace de la doble moral su modus vivendi. Como sucede con toda podredumbre, produce monstruos, esos que Goya en sus Caprichos atribuye a la razón, con la diferencia de que estos son arte y abyección aquellos.
La amenaza no es que la vida sea intolerable, sino que se publicite. Hay una prostitución aceptable y otra que no lo es, demediadas por el conocimiento público. Pero en términos de verdad no hay distinción alguna. Lo que inquieta es, pues, la fragilidad de la apariencia a contrapelo de la falsedad de la propia existencia, como si fuera una verdad de repuesto cuando es sólo una impostura más. La censura a los medios para no exhibir el fraude de esa derrota definitiva se vuelve entonces ocupación preferente. Estos remedos o sucedáneos adulterados de vida abdican de su libertad a condición de que los demás renuncien a la suya. Inicia entonces un vértigo en que la libertad se disuelve en lo conveniente, lo exigible se disipa en lo ventajoso, lo necesario se diluye en lo parcial. La libertad pierde su estatus para tasarse en almoneda. Los abyectos sólo son en la medida del aseo de su apariencia. Su actuación es previsible elevando la palabra a categoría de acto, el gesto a identidad, lo accidental a sustantivo. Un sometimiento a la imagen vaciada de consistencia. El abandono de la libertad personal es la premisa para aceptar esta otra servidumbre que a su vez se impone en otros. El servilismo y el clientelismo como directrices sociales explican que el poder de la palabra libertad se encuentre en la actualidad confinada a sus fonemas.
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