El prestigio siempre está ligado a imponderables. Quién le iba a decir al setentón José Luis Morán, charquita o charquense, que su historia de homme de science resultaría sepultada cuando irrumpió como monje shaolin para defender la integridad del sr. Gobernador, Juan Manuel Carreras, de la emboscada urdida por un chamaco de diez años. La reacción del científico reconvertido en arma letal siguiendo el dictado del Wushu se antojó excesiva. Madrear a un escuincle no parece que sea el mejor pasatiempo, ni siquiera para Morán. En realidad, no se sabe a “ciencia cierta” si es alguien particularmente requerido, pero sí que sus cuentas corrientes, en atención a un pluriempleo efervescente y enajenado, exhiben el ajetreo propio del chiflado. El científico adujo su prestigio, sus cargos, sus nombramientos, su familiaridad con el sr. Gobernador. Nada de esto pareció importar a la bien pensante sociedad potosina que le transmitió su disgusto e incomodidad. Morán tropezó otra vez, no con la misma piedra, sino con una de consecuencias semejantes: el descrédito. Para quien ha construido la vida en torno a su imagen, este tipo de traspiés le afecta en la misma proporción. Convengamos, pues, que después de tundir al escuincle que amenazante se cruzó en el camino del sr. Gobernador, el lumbreras perdió varias rayitas en popularidad. No es que a la potosinidad no le seduzca madrear a quien pueda o se deje, sino que exige discreción en apego a la estricta urbanidad de lo que no se ve no existe. Por ejemplo, Morán hubiera podido agarrar al chavo en el estacionamiento, entrada la madrugada, invisible al escrutinio público, y surtirlo a placer, incluso podría haber solicitado la colaboración de los investigadores del IPICYT, la de los trabajadores del COPOCYT, la de los incondicionales del CONACYT, la de los miembros de la Academia de las Ciencias, la de sus colegas de la universidad alemana, la de los compañeros del gabinete estatal y quién sabe si la del propio Gobernador. La potosinidad hubiera aplaudido el ajuste de cuentas, vitoreado la reyerta, ovacionado la pendencia. Ahora bien, hacerlo a la luz del día, acaparando cámaras y reflectores, más perturbado de lo habitual, es algo que la potosinidad no está dispuesto a tolerar ni, por supuesto, a olvidar.
Con todo, no hay que negar lo evidente. Morán, reconvertido en monje shaolin, exhibe una adhesión inquebrantable al sr. Gobernador. Mucha debe ser la lealtad pues no cualquiera se lía con un escuincle que no levanta un palmo del suelo a base de Mae Geris, Yokogeris, Mawashi Geris y, lo mejor, su golpe estrella, el espectacular Hiraken que sólo ejecuta en circunstancias especiales ante selecto público. A juicio del extemporáneo Hong Zhan charquita o charquense, la ocasión lo ameritaba. San Luis manifiesta una querencia especial por lo oriental que requiere sesudo estudio. (La cronista-corista, sosteniendo un mezcal con la izquierda, evoca sus maniobras con Zetina, evitando que tuviera que exponer a escrutinio su talento inexistente, limitándose a su única especialidad con el consiguiente premio).
Reconocida por parte del sr. Gobernador la fidelidad del científico a su persona, ahora integra su gard du corps en donde imparte artes marciales apegado al Shaolin Kun Fu, recreación a escala del bosque de las Pagodas. Otro sueldo que añadir a su amplio catálogo. Para Morán lo único importante es incrementar el número de sus incontables ocupaciones-no ocupaciones, siempre remuneradas-remuneradas, convertido en impetuoso y frenético pluriempleado. Lo demás es secundario en una patología ya irreversible. Para Morán, fórmulas matemáticas, derivadas, integrales definidas e indefinidas no resultan particularmente atractivas a pesar de las apariencias. Lo categórico es que operan como tarjetas de presentación para sumar nuevas adquisiciones a su profusa y colorida colección de empleos. Su afán recolector llega al punto de hacer el chino tundiendo a un niño con lujo de acrobacias marciales. En la actualidad le echa el ojo al puesto de ujier de la entrada de Gobierno Estatal, antes, no obstante, debe formalizar la adquisición de un Uber.
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