Siempre sensibles a la astracanada oriental, la historia de la madre Ishpriya a fuerza debía conmover a las voluntades potosinas. Monja del Sagrado Corazón, una prolongada estancia en la India la llevó a poner en la licuadora yoguismo y catolicismo, que es como defender el derecho a los animales y practicar la caza furtiva los fines de semana o como equiparar un bolillo con una flauta o un maguey con una estufa. Equipada con semejante desvarío, era sólo cuestión de tiempo que aterrizara en San Luis Potosí tan acogedora de demencias exóticas. Los ingredientes del coctel doblemente espirituoso atrajeron como es natural a esas almas benditas con cuentas corrientes atiborradas, que no tienen otra cosa que hacer que experimentar con la salvación del alma en lugar de salvarse. La sincrética madre ofrecía en su cartera o bien una reencarnación de fuste (por ejemplo, en pangolín), o boletos en primera fila el día del Juicio Final. Un esmerado acento inglés de Sussex algo influyó en su persuasivo apostolado. Debido a la pingüe caridad de sus feligresas, fundó The Satsang Association, trasladándose al cenobiato que la agrupación adquirió en Austria, en donde alojó The Source con lujo de comodidades al servicio de la mejor salud del espíritu.
Su epatante aportación teológica católico-budista fueron los retiros de silencio en que nadie hablaba excepto ella, algo previsible para quien guardaba bajo siete cerrojos la llave maestra de la transmigración y de la revelación. No deja de ser perturbador que alguien imponga silencio a condición de llevar la voz cantante. En San Luis, dos señoras se constituyeron en el núcleo religioso-crematístico de la buena nueva y un bubón las defraudó. María del Carmen Hernández Coronado, Teresa Velázquez y María Isabel Monroy Castillo. Las dos primeras se rindieron ante la oferta de un ascetismo bicápite; la tercera, atraída por las fortunas de sus compañeras y la expectativa de ingresar en los círculos cuadrados de la postosinidad. Como no podía ser de otra manera, el trío La, La, La acabó echándose los trastes a la cabeza a causa de las intrigas de bubón-Monroy, una vez que había usufructuado el dinero recibido de las dos damas debidamente etiquetado en fórmula compasivo-caritativa. Habitual de alcobas ajenas, usurpadora de textos y libros, infiel en cualquier ámbito en que la fidelidad sea requerida, defraudadora de garantías crediticias, ocultadora de paternidades, traficante de distinciones mediante el infaltable quid pro quo que en su caso es siempre el mismo, no parece que bubón-Monroy tenga el menor interés en cualquier cosa relativa a la religión a no ser que la religión sea ella misma. Debió pensar que si alguien era capaz de ofrecer con éxito un bizarro coctel católico-budista, ella tranquilamente podía llamar meditación a acariciarse el ombligo. Las compañeras de la aventura religiosa-transmigratoria se toparon en diferido con una psicópata de manual severamente afectada, además, por el síndrome de Procusto. Bubón-Monroy, advenediza e impostora, tardó no poco en que la potosinidad le abriera sus puertas. Carente de todo pedigree, tras varios affaires con los señores del changarro de lozanas consecuencias, se las volvieron a cerrar.
La madre Ishpriya, monja católico-budista (¡mandan huevos!) llegó para regalar paz y tranquilidad, amor y compasión, pero sólo causó desmadres o desmothers (todo muy british). La experiencia para las señoras Carmencita y Teresita quizás no fuera plenamente satisfactoria, aunque curiosa en lo particular. Para bubón-Monroy sólo fue un episodio más en una vida empedrada de fechorías, del que aprendió que su ombligo es capaz de meditar con dinero de la caridad. (La cronista-corista se sirve agitada y temblorosa un pink pussy de Grand Manier y José Cuervo, convencida de que reencarnará en gallina).
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