Fotografía: quinto-poder.mx
Los llamados intelectuales son rara cofradía sólo reconocida entre sus integrantes. Amparados en esa supuesta autoridad que ellos mismos se dispensan, deciden en estos días que los partidos de oposición no son alternativa, que Morena y sus satélites carecen de credibilidad, que las nuevas formaciones no hacen si no abonar aún más a un panorama ya saturado de anacronismo. A su juicio, posibilidades y opciones de todo tipo no responden a las urgencias del país. Por donde se le vea, todo son inconvenientes, obstáculos, impedimentos. Nada les acomoda. Señalan con su índice inquisitivo las deficiencias de la sociedad, la irresponsabilidad del aparato político, la falta de compromiso de la iniciativa privada. Frente a la actual coyuntura, pergeñan complejas teorías, pensamientos elaborados, sesudas explicaciones. El problema está en los demás, en los otros, más allá siempre de ellos mismos. Pero la evidencia indica que si México tuviera otros intelectuales, si en su momento hubieran actuado con sobriedad, si verdaderamente hubiesen cumplimentado la supuesta autoridad que graciosamente se comparten, el país estaría donde está pero de otra manera. Quizás el problema resida en los partidos de gobierno, en los de oposición, en la iniciativa privada, pero también de manera muy visible en los intelectuales. Han traído al país hasta aquí, así que su presencia resulta tan prescindible como la que despachan a los demás.
No es que su voz apenas se escuche, sino que ni siquiera se recibe. Las causas están a la vista: no es creíble que el gurú Enrique Krauze se interese en México cuando Letras libres ha esquilmado el presupuesto nacional durante décadas; tampoco que el saltimbanqui Héctor Aguilar Camín se preocupe si ha hecho negocio con Nexos a costa del erario; aún menos que el afectado Jesús Silva Herzog Márquez denuncie al gobierno con artículos tautológicos revestidos de inaccesible hondura a cambio de ensayos triviales sobre autores que merecen mejor suerte; peor que la historiadora Soledad Loaeza insista en las obviedades de siempre, en lugar de reconocer de una vez quién es su madre para que disipe en algo su amargura; patético que el setentón lobista del todo, Jorge Castañeda, entre amiga y amiga, intrigue otra vez hacia el 2021. La cacareada independencia interesadamente dependiente de unos intelectuales de aparato que una vez extraviado no aciertan con la salida de su laberinto (labris: hacha de dos filos). En la actualidad, asistimos a la dispersión de un “sindicato” que dilapidó su autoridad -si alguna vez la tuvo- en servirse generosamente a expensas del ciudadano. La seriedad impostada que asumen carece de consistencia, hondura, verdad. Su exhorto a la crítica no es sino al negocio personal; su denuncia, nostalgia de un pasado definitivamente clausurado; su incomodidad, resultado de un espacio cancelado irremediablemente.
No son pensadores del hoy, ni observadores de la actualidad, ni vigías del porvenir. Aparecen poseídos de esa melancolía que los recluye en el ayer, incapaces de indagar en las circunstancias del presente, incompetentes para descifrar la coyuntura. Antes que partidos, movimientos, instituciones, son ellos quienes no responden ya al hoy, los que exhiben profunda inadecuación, rigurosa incompatibilidad. Años de abusos, excesos y traiciones imponen la evidencia de que están en el afuera. No es que por propia voluntad se hospeden en ese margen del desinterés personal siempre pródigo, sino que la realidad los confina a la abyecta marginalidad. Para ellos no hay retorno posible. Sólo les queda hacerse a ese lado en que la sociedad los arrumbó para que otros asuman con dignidad y probidad esa presunta responsabilidad que premeditadamente malbarataron.
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