
Momentos de posverdad, de impostación de la realidad, de verdades a modo a contrapelo de la realidad. La posmodernidad, inseparable del consumismo, despliega un abanico de posibilidades casi siempre reducidas a la compra-venta. El antojo desplaza a la necesidad, el qué dirán a las circunstancias, la pose al fondo. El anacrónico poseur irrumpe con fuerza renovada. El hábito de adquirir todo tipo de cosas, sin más discriminación que el capricho del momento, trastoca las convicciones en trasiego a conveniencia. Las consecuencias se traducen en un relativismo en lo moral y un oportunismo en lo material. La apariencia termina siendo más verdadera que la verdad, una impostura definitiva. La sociedad se derrumba ante el desprecio a la verdad. El término mismo es ambiguo puesto que hay verdades efímeras y otras perdurables, unas sometidas a las circunstancias y otras inherentes al ser humano. La perversión de la verdad en favor de réditos instantáneos es ya costumbre en cualquier ámbito. La crisis de la verdad en una sociedad a la que no le interesa en absoluto se resuelve en un abanico de posibilidades en que lo importante no es el bien común, sino siempre el particular debidamente revestido de verosimilitud que es sólo lo posible o su ficción. El trasvestismo de la falacia y de la mentira como verdad de repuesto es iniquidad.
La evidencia se soslaya. La corrupción es cosa del pasado, la pandemia está domada, la violencia ya no existe, el Estado de Derecho es sólido. Nada es cierto pero lo recibimos como verdad al margen de la verdad. El problema no reside en quien emite esos juicios (lo que no le resta responsabilidad), sino en quien los recibe. Se acepta como sucedáneo de la realidad lo que no la resiste. No hay interés por contrastar declaraciones, datos, informaciones, sólo sugestión por recibirlos como incuestionables. La aceptación de la palabra por encima de los hechos delata un acostumbramiento no a la verdad sino a la conveniencia. La iniquidad aceptada e impulsada como discurso preferente exhibe a una sociedad en descomposición, al servicio del interés del individuo. La iniquidad vehicula el relativismo como único ideario. La sociedad se desarticula, las instituciones se resienten, el capricho opera como principio inalterable e irrenunciable. La traición se suma a otras traiciones, la mentira se vuelve motor social. (La cronista-corista, enchufada a una cubeta de Alisios de Pasión por una vez con bacardi superior, asiente reconfortada ante estas palabras porque a su juicio justifican su vida).
La hipocresía escala a confusión intolerable. La inconsistencia se transforma en directriz moral. Sin principios compartidos, sin convicciones consensuadas, sin verdades colectivas no hay sociedad, en todo caso su fulgor efímero. La iniquidad se ha instalado confortablemente. Inmune a la verdad a la que disuelve, sólo ofrece autocomplacencia. Si la verdad cohesiona e integra, la mentira disgrega y dispersa. El resultado es una sociedad prisionera de su irresponsabilidad asumida como inapelable. Algo de indiferencia y mucho de comodidad. Lo significativo no es lo que acontece sino lo que se dice que sucede. La evidencia está allí a pesar de que no queramos enfrentarla y seguirá estando aunque nos hagamos de la vista gorda, con el contratiempo de que entonces sólo será testigo de la derrota.
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