Il dolce far niente se traduce en México como “echar la hueva”. San Luis se caracteriza porque pululan numerosos especialistas en la materia. Uno de los más distinguidos es el prestigiado zenzontle de las 400 voces y algunas más, Jorge Humberto Chávez. Su nombramiento oficial es el de Subdirector de Bibliotecas Públicas, ampuloso título para quien, desde que asumió el cargo, no atina a localizar ninguno de los locales encomendados. Los funcionarios que por azar lo conocen lo llaman familiarmente “Don Nadie”; sus adversarios, con inquina exagerada, “Don Nada”. Indiferente a celos y murmuraciones, el goliardo prefiere invitar a sus amigos con cualquier pretexto, para corresponder con visitas y pachangas cada vez que es requerido. Por lo visto, o porque nunca se le ve, todo indica que, o bien sus viajes se multiplican, o bien es el mismo viaje sin fin. Chávez vive muy bien del presupuesto público sin cumplir con su contrato. En otro lugar ya habría firmado el finiquito. Nada extraño si se repara en que el Secretario de Cultura, Armando Herrera, ocupa la titularidad sin otro merecimiento que el de haber sido durante decenios tapete de políticos y burócratas. Las acciones de Herrera al frente de la Secretaría compendian con rigor la fórmula il dolce far niente. Chávez y Herrera participan a la potosina del acreditado ritmo pitagórico: la armonía de los huevones.
El portalira, confortablemente instalado en la avanzada madurez, opta por una inveterada adolescencia. Chávez no es Chávez, es un sucedáneo aborigen de Rimabud, ese enfant terrible y perpetuo adolescente, con hábitos a lo Verlaine, dipsómano y místico. Con Verlaine, comparte Chávez borracheras y sablazos; con Rimbaud, la afición por el tráfico de lo que sea. Uno entiende su predilección por El barco ebrio: la vida es una nave con patente de corso. Se diría que es “sobrino pero no sobrino de Rimbaud”. (Entre brumas, abrazada con devoción a la botella del Herradura, la cronista-corista anota en la etiqueta: “sobrio pero no sobrio de Rimbaud”, lo que le parece un hallazgo). Al saxofonista de los vocablos le encanta aparecer con gente importante, como diciendo “aquí estoy yo”, mientras los demás se dicen “y qué hace aquí éste”. El juglar también disfruta de la beca Nacional de Creadores del Arte que impide desempeñar cargos públicos. Sin embargo, en Cultura nadie repara en la franca infracción a la norma y el trato de favor. La Secretaría cuenta en su nómina con un personaje que no cumple con su contrato; invita a sus cuates ripiadores a cargo del erario; les corresponde a su vez visitándolos para importantes lecturas de poemas, a las que asisten dos o tres acarreados mediada la promesa de una guarapeta por cuenta de los ciudadanos; se beneficia de una beca que estipula que el agraciado no puede ejercer en la administración pública. Vistas las cosas así, “la poesía es un arma cargada de futuro”.
Aquí no termina la polivalencia del hiperactivo vate. Es fama su escrupuloso paladar que lo vuelve enólogo temible. A lo mejor no distingue un vino de Baja de un Duero, pero no se le escapa si lo paga de su bolsillo o del de los contribuyentes. Las catas acostumbran a tener el mismo final: Jorge Humberto y cuates reunidos, hasta la madre, a cuenta del simpático presupuesto público. Representa a cabalidad ese sueño verdaderamente democrático de vivir de la poesía a cargo del erario. Eso mismo que los italianos con su acostumbrado refinamiento llaman il dolce far niente y que, en México, con nuestra elegancia resabiada le decimos “echar la hueva”.
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