Un día sin mujeres pasará a la historia. Más que un movimiento es un grito desesperado para que nuestra sociedad voltee a ver lo que hay que ver. Muchas mujeres ninguneadas y arrumbadas por un machismo y un oportunismo que lo mismo menoscaba a las trabajadoras del hogar que exige favores sexuales de estudiantes. Sin duda el machismo es causa reconocible de esta flagrante desigualdad, pero también una red de corrupción que acapara instancias oficiales en que unos encubren a otros; en que también algunas mujeres operan como cómplices de una urdimbre al servicio de individuos sin escrúpulos; en donde la mujer se convierte en estampilla a intercambiar. Se promueve una cosificación de la mujer en que es tan relevante su manipulación como su silencio. Por eso las instancias públicas y privadas se atemorizaron cuando se rompió el silencio. No es que antes no existiera el acoso, sino que se mantenía oculto en virtud de una oportuna omertá cuya violación era inmediatamente sancionada. Las denuncias públicas no sólo exhiben el tamaño del agravio, sino la inoperancia de unas instituciones que en lugar de enfrentar los delitos deciden que no son competentes para asumir responsabilidades. Eso sí, organizan todo tipo de comités para dilatar resoluciones que previsiblemente quedan en nada. Reuniones cuyo objeto aparenta hacer frente a lo que de ninguna manera se quiere enfrentar; atiende a lo que se niega en los hechos. La apariencia como sucedáneo de la justicia y de la verdad. Hipocresía última y definitiva de las buenas conciencias al servicio del chantaje y la extorsión. La realidad es que no hay avances de ningún tipo. La realidad es que no importan las víctimas. La realidad es que lo primero es el aparato y no los derechos individuales. Eso sí, muchas juntas que encubren la complicidad de las instituciones ante la misma sociedad a la que deben sus recursos y a la que se deben. Las instancias públicas no sólo deben solucionar estas situaciones, sino que es imperativo resolverlas precisamente por su naturaleza. Cuando se ha desatado una campaña en contra de Plácido Domingo, sin que haya mediado una sentencia judicial, parece ridículo que individuos triviales y anodinos no ameriten ninguna sanción. La hipocresía y el interés no pueden gobernar los espacios públicos.
Combatir el acoso no es sencillo. Exige desmantelar complicidades e intereses, tratos de favor y compra de voluntades. El acoso sexual opaca curiosamente otra forma perversa de hostigamiento, el laboral, más pernicioso que el anterior. A menudo condición necesaria para el primero. El principio de igualdad consignado en la Constitución comienza por respetarlo y defenderlo en los ámbitos públicos. No hay medias tintas a la hora de adoptar soluciones por radicales que se antojen. Lo que está en juego no es el puesto de trabajo de un individuo sino el resto de la vida de muchas mujeres. Los depredadores no deben tener lugar en el aparato público. Su sola presencia es ignominia y amenaza explícita. Tampoco sus cómplices por omisión o acción deberían tener cabida. La marcha de este domingo y el paro del lunes son un comienzo. Sólo hay que esperar a que no se limite a eso. El problema no reside en estos tipos enfermos, sino en el aparato que los cobija. Desmantelar estos y sancionar a aquéllos es innegociable.
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