A diferencia de las de Guanajuato, las momias de SLP están muy vivas. Para ver aquéllas hay que escalar hasta el museo, a éstas las encontramos por la calle. Es cierto que habitualmente en el Centro Histórico, como si su presente sólo cobrara sentido en el recinto pétreo, como si únicamente el pretérito pudiese justificar su presencia. Tal es el caso de Horacio Sánchez Unzueta, vestigio vivo del PRI muerto, reacio a una retirada digna, renuente a una honrosa jubilación. Ante su presencia cobra nuevo sentido el relato de Jorge Ibargüengoitia: “esto que ve usted aquí, no es más que el rastrojo de lo que fue”. Se ignora si el afán protagonista de Lacho es personal o está impulsado por la rapacidad familiar o por los dos. La ambigüedad no la disipa el nombramiento de Presidente del Patronato del Centro Histórico recibido de su sobrino Xavier Nava, vergonzoso alcalde de SLP. Quizás la distinción sea sutil estrategia para confinar al ambicioso exgobernador a las ruinas, una suerte de pasatiempo infantil que encierra una revancha largo tiempo aplazada. A lo mejor Horacio no compró al alcalde un boli o un caramelo a la salida del colegio y Xavier decidió cobrársela levantando ruina sobre ruina. Pero también podría ser lo opuesto, que agradecido por haberle llevado a los columpios decidió otorgarle ese cargo levantando también ruina sobre ruina. En cualquier caso, las explicaciones siempre se reducen al ámbito familiar como buenos navistas auténticos. En ambos casos el alcalde exhibe su gusto por la devastación y la decadencia.
La competencia y pericia del infatigable priista, semejante a las que desempeña en su partido, son reconocidas por los medios de comunicación. Sánchez Unzueta además de no entender muy bien en qué consiste su nombramiento, retiene intacta su habilidad -deudora de su paso por la gubernatura- de culpar a los demás cuando las cosas no funcionan que es siempre. El Presidente del Patronato se toma muy en serio su papel y cuando se le cuestiona señala impasible la incompetencia de la SEDUVOP. A él lo que le gusta es la grilla. Sigue mostrando, ahora que le dejan, su adicción por el playmobil, poniendo unas figuritas aquí y otras allá, diseñando batallitas en que su mujer ingresa intempestivamente en el Poder Judicial, sin otra explicación aparente que el capricho, aunque él lo considera maniobra de estadista. (La cronista-corista evoca extasiada, engullendo por vía intravenosa un San Francisco de Absolut, la boda de su segunda hija, ese momento en que el maestro de ceremonias la invitó a salir a bailar con el padre de la contrayente y la pista se llenó). Ahora bien, cuando Lacho aparece junto a funcionarios se le dispensa tratamiento de ruina maya, reproduciendo lo mismo que indica el titular de lo que sea, como perico prehispánico. Literalmente un glifo zoomórfico a punto de desmoronarse en alas de la decrepitud.
Muy atrás quedaron esos momentos en que aparecía como Kukulkán, amortizado generosamente por sí mismo, cuñados, primos políticos y sus amantes, hijos y sobrinos. Esa época vencida en que era algo más que un calendario azteca o una escultura olmeca o una cerámica chichimeca. Sánchez Unzueta, ruina sobre ruina, es sólo un vestigio que se resiste a aceptarse como mero recuerdo del recuerdo. Todavía se le atribuyen oscuras maniobras dentro del PRI para posicionar al siguiente candidato. No es descartable que se quiera vengar de Xavier Nava y esté conspirando en ese sentido. Pero se antoja difícil que haga otra cosa que jugar a la canasta, sentarse a tomar chocolate caliente y acompañar a sus nietos a comprar bolis y caramelos, como cuando lo hacía con su sobrino el alcalde, con el fin de conjurar venganzas postreras. Su rimbombante nombramiento como Presidente del Patronato del Centro Histórico, a tenor de sus chapuzas, es ya la formalización de algo más que su retiro.
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