Por momentos arrecia con ímpetu la lluvia levantando una espesa cortina de agua allá, en La Florida. Con todo, se destaca una tímida luz tras un amplio ventanal, única nota discordante en derredor de las penumbras. La indecisa luminaria, timorata de repente, alcanza a alumbrar una apariencia de contornos imprecisos. Para el observador avezado resultan reconocibles los gestos pausados y los torpes ademanes. Una caja de marquetería repujada, lamida en su centro y desgastada en sus extremos, acapara la atención de quien alguna vez fue diplomático, pero siempre corsario. Toma algo de su contenido y lo contempla arrobado. Es una medalla del gobierno filipino con una inscripción grabada en filigrana: “Al padre de la Patria”. Es el genio en modo diplomático-filibustero, Tomás Calvillo Unna. Intempestivo Charles Swan, recobra el pasado mediante ese tempo lento que lo sumerge en sus primeros y últimos pasos en asuntos de la politesse.
Como siempre, recurrió al tráfico de influencias (entonces: “mi prima es la primera dama”; ahora: “ya no es la primera dama, por tanto, no es mi prima”), que disfrazaba de complejas maniobras político-serviles-lacayescas. Finalmente, la decisión presidencial lo distinguió a pesar de incumplir cualquier requisito para el cargo. Publicitó a los cuatro vientos que el nombramiento se debía a sus muchas competencias y que al Sr. Presidente no le quedó de otra que designarlo para el puesto. (“Siempre agradecido”, piensa para sí el pirata, se daría un beso si no es porque no se llega). Las visiones que entonces giraban en carrusel vertiginoso le aportaron un nombre: Andrés de Urdaneta. En arrebato enajenado se consideró a sí mismo otro Urdaneta y, en su fuero interno, incluso dudaba si aquel Urdaneta no había reencarnado en este Calvillo. Dispuesto a emular al temerario navegante, tomo el avión con destino a Manila, descendiendo de la escalerilla ataviado como filibustero, su oficio exclusivo. (La cronista-corista, arrimándose una cubeta rebosante de ron Zacapa, también bebe, aunque menos, los vientos por su correoso Pantaleón, cuya bravura cantan los potosinos en inmortales versos). El diplomático-filibustero estableció cuatro líneas programáticas de actuación: asistir a todas las fiestas y saraos ajustados a protocolo que son todos, repoblar el archipiélago, establecer una empresa familiar y promover que el papado recayera en el primado de Filipinas. (En ningún caso registró la palabra trabajo, cada vez que se la topa se le ponen los pelos de punta y amaga un infarto).“De aquí soy”, se decía el genio con risita complacida arriesgando la estabilidad de su esmerado bigote hindú. Cumplió a medias la encomienda: no se perdió ninguna francachela (palomita); multiplicó obsesiva y metódicamente la población, lo que le valió la presea “Al padre de la Patria” (doble palomita); recibió suculentas remuneraciones por un galeón que naufragó en el astillero, no sin antes poner a disposición propia y de la familia los réditos económicos derivados de semejante extravagancia (tache); fracasó estrepitosamente en su estrategia para que el prelado asiático se sentara en la silla de Pedro (doble tache). Muy diplomáticos, los filipinos que no son chinos le entregaron la medalla “Al Padre de la Patria” y le dieron una patada en el trasero. A su regreso, haciendo gala de su proverbial agradecimiento, decidió que lo oportunista según reciente visión era publicitar que no podía ser cómplice del gobierno asesino de México al que debía su nombramiento. El hecho de que coincidiera la visión con el cambio de gobierno y su retirada del puesto fue mera casualidad. Si la visión hubiera llegado antes, desde luego hubiera renunciado al cargo como manda la ética visionaria más elemental a la que se apega escrupulosamente. Pero las visiones llegan cuando llegan que siempre es cuando deben, ni modo. La potosinidad vitorea y aclama tales extravagancias e insensateces, paseando en hombros al pirata cojo con pata de palo y parche en el ojo.
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