El crepúsculo apaga las últimas luces recortando una sombra desproporcionada y exagerada, casi espectral, al cuerpo que la proyecta. Una ojeada descifra una silueta ya familiar aunque la ambigüedad de la hora no disipa del todo la incertidumbre. La curiosidad en forma de reparo inquisitivo confirma la conjetura. Sobre un pretencioso tapete iraní, en realidad confeccionado detrás del Super La Pasadita, en postura meditativa, descansando el tronco sobre los talones y las manos ortodoxamente dispuestas sobre los muslos, acecha el cúmulo de visiones que le depara la sesión. La actitud reconcentrada delata al pepenador de imágenes. Es el genio en modo místico, Tomás Calvillo Unna. Recita mantras y kriyas ante el inminente vértigo caleidoscópico, acompañados con los preceptivos y estrepitosos ejercicios de respiración. Hoy meditará en solitario. Está hasta la madre de esos discípulos que le vienen con chingaderas, que no saben respirar ni perderse en asanas y pranayamas, que optan por los atajos en lugar de por el trabajo (palabra maldita piensa para sí Calvillo, cada vez que la oye le salen ronchas). Hoy los ha castigado sin permitir que se acerquen a su venerable persona, pero habiendo cobrado de antemano, faltaba más. Así dice el manual Gurú-grant-sajib que no ha leído, pero quién sí. Sus artes y modos de sablear le llevan a desplegar una paleta oriental de amplia gama y a modo del cliente: a veces es sikh; otras, budista; no pocas, hinduista; si conviene, confucionista; (cualquier cosa que epate a los desprevenidos y provincianos potosinos); prefiere, con todo, su aportación más original, la tomasinomasiayama (afortunada mezcla de disparate y figura retórica). Una retahíla exótica y majadera al servicio de un egoísmo obsceno y un inmoral oportunismo, aun cuando se esmera en adornarse de lo opuesto. (La cronista-corista, enchufada a una bomba de Bloody Mary de Stolichnaya, ha amortizado al completo a un de Gortari iracundo, aunque bueno, reflexiona, él también ha recibido lo suyo, zanjando el debate).
Más interesante, por sofisticado, es lo que llama visiones. Para Paramahansa Calvillo una visión es la apropiación de la idea de otro, pasada inmediatamente por el horno candente de la meditación, a la que dedica no menos de 20 horas al día, el resto lo destina a echar choro (las visiones le informan de lo que el otro tiene en mente optando directamente por el monólogo auxiliado por el mantra “déjame, ya sé que vas a decir”). Como la visión no tiene derechos de autor, en automático pasa a disposición personal sin necesidad de entrar en engorrosas cuestiones de autoría. Además, tener visiones y no ideas (que le parecen una vulgaridad) le aporta un toque chic que administra a conveniencia entre el público femenino. La otra prestación visionaria es atender problemas inmediatos. Si una visión le alerta de que tiene un problema económico, la siguiente le ofrece la solución: Valladares. Así, a sus cercanos les comenta que tiene que seguir el dictado de una visión para resolver determinada tesitura, sembrando el enigma que incrementa su aura de inescrutable arcano. Equipado con la visión se traslada a entrevistarse con el empresario, al que evita los tortuosos trámites transcendentales acomodando la revelación a lo prosaico: “ya sabes, Valla, la esposa, Monroy, las mujeres, los hijos legítimos e ilegítimos, las tarjetas de crédito”. A veces el potentado le pide que recurra a otro financiamiento, pero Calvillo terco le reitera que la visión es la visión y que si no le gusta ni modo. Valla, aburrido y fastidiado, suelta los melones que nunca llegan a la cifra visionada, con el consiguiente mohín contrariado que amenaza la ingravidez del esmerado bigote oportunistamente hindú del gurú.
Yogui Bhajan, ese revolucionario del sijismo adicto al dinero y a las mujeres, parece su guía-alma gemela, entre cuyas lecciones lo menos interesante es lo espiritual y lo importante todo demás, como el kundalini yoga graciosa adaptación del Yoga Sutra. Todo es impostura a excepción de la mentira, única verdad, por lo que recibe una calurosa ovación del respetable al que brinda la vuelta al ruedo, las dos orejas y el rabo.
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