Apenas sale el sol en la Florida y ya sonríe en lo alto de un cielo transparente que se diría que puede acariciarse con los dedos de una mano. A pesar de lo temprano de la hora, se divisa una figura cuyos hombros vencidos se vencen una vez más hacia una servilleta de papel. Recargado en el tronco de un fresno, se cobija a la sombra de sus frondosas ramas. Esparcidos alrededor de la inopinada presencia, fascículos del Libro vaquero y de Sonrisas y lágrimas salpican de color el pasto ralo y mustio. Es el poeta, Tomás Calvillo Unna, en pleno proceso creativo. Hay quien lo compara con Pound, quien con Spender, quien con Auden. Tengo para mí que estamos ante un hermano de T. S. Eliot. El uso frenético del collage y el simultaneísmo desquiciado así lo acreditan. Ahora está seleccionando, entre infinitas imágenes que le ha proporcionado la meditación nocturna, aquella que, siguiendo las lecciones del maestro-hermano, podría considerar “correlato objetivo” o piedra de toque sobre la que levantar el inminente monumento poético. Duda el bardo trompetero, no sabe si decantarse por “son el pensamiento líquido” o por “una mujer que no es un cisne negro no es mujer” (“ni cisne”, añade para sí el genio con picardía, complacido una vez más por su arrogante capacidad de relación). (Enfrente, desparramada sobre una mesa, sosteniendo con el pie derecho una copa de Moët & Chandon, la cronista-corista, visitadora de su Pantaleón, apunta en el extremo de la falda: “los flamingos rosas flotan”, y su boca dibuja un dengue bobo). Después de honda meditación decide que la primera es más conveniente. Garabatea en el centro del papel: “son el pensamiento líquido”. Gruesas gotas de sudor perlan su frente. Está exhausto, pero se sobrepone fiel a su designio. Falta ahora completar el sentido del poema. Llega, pues, ese momento en que la genialidad se encuentra a sus anchas: el uso del calvillage, como llama al collage, que en su opinión ha llevado a tal grado de perfección que lo considera sello personal. Abre un fascículo del Libro vaquero y anota algo encima y debajo del “correlato objetivo”. Procede del mismo modo con Sonrisas y lágrimas. El poema está prácticamente terminado a falta de la rúbrica:
– Johnny, ¿qué haces aquí?
– Abuelita, yo cuidaré de ti
Son el pensamiento líquido
– No te preocupes, te llevaré a un orfanato chingón
– Los masacraron los sioux
El lírida, satisfecho con el nuevo calvillage, se incorpora a duras penas. Es el precio a pagar. Y lo hace gustoso, casi agradecido. Ha prevalecido una vez más a envidias y murmuraciones, dimes y diretes e, incluso, a la intolerable fatiga a la que lo somete el arrebato. Un desprevenido mohín desmiente la ingravidez del esmerado bigote. Con parsimonia de visionario recoge los bártulos, se cala los lentes oscuros y se toca con el sombrero de poeta (también tiene el de pintor, el de académico, el de lo que sea oportunista). Por delante todo el día. Lo dedicará a organizar la presentación del poema: azafatas, canapés, caldos reconocidos. Invitados: la chusma habitual y un par de empresarios que no distinguen un poema de una coliflor a los que sablear convenientemente. Y lo mejor, a costa del erario. Le inquietan los empresarios, ya todos lo conocen, ¿será? Por ahora no contiene la felicidad. Luego repara en su responsabilidad: está cabrón esto de ser genio, asumiendo con resignación y una risita su estatus. Agradece profundamente vivir en una sociedad a la que puede endosar todas las tonterías que se le ocurren y, además, recibir suculentas retribuciones por tanta estupidez.
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