Diferentes notas en la prensa local cuestionan seriamente a Laura Elena González Sánchez. Lo mejor que se ha dicho de ella es que es incompetente, oportunista, prepotente, frívola, interesada. Quizás sean ciertas estas descalificaciones, aunque pocas veces se mencionaron cuando ocupaba cargos. Más interesante es advertir que su destitución se convirtió en pretexto para exhibir la supuesta indiferencia de Enrique Márquez hacia San Luis Potosí. De éste se podría decir que es un mal poeta, un escritor mediocre, un conferencista tedioso, pero recriminarle que no haya hecho nada por la ciudad es lo mismo que exigírselo a otros que, fuera de sus múltiples negocios a costa del erario, tampoco se prodigan particularmente con los potosinos.
Parece mezquino personificar en Laura Elena un modus operandi aprobado por una parte de la sociedad beneficiada generosamente por el sistema. La denuncia es conveniente y necesaria, pero no si se limita al ajuste de cuentas. Un breve repaso a la Secretaría de Cultura del Estado de San Luis ofrece muchas Lauras Elenas. Armando Herrera, insolvente y acomplejado, incompetente y desleal, en lugar de dignificar el cargo, comercia con él; utiliza a conveniencia la palabra ética cuando son fama sus inmorales requiebros o no tiene el menor escrúpulo en financiar los libros de su esposa. Armando Adame, un individuo que ya ni siquiera es adorno en la Secretaría; si antes no hacía otra cosa que cobrar, ahora además de recibir puntualmente la quincena impide que otros hagan lo que deben. Eudoro Fonseca siempre encuentra la manera de reciclarse sin otra justificación que la de ser amigo del actual Secretario como antes lo fue del anterior y del anterior del anterior, y como lo será del siguiente y del siguiente del siguiente. La cronista-corista se dedica a tener novios, a beber a discreción y a cobrar sobresueldos por ser amiga del amigo de la esposa del Secretario de Cultura.
Laura Elena no es peor que esa hermandad dedicada a proteger sus puestos de trabajo y sus prebendas mediante el amiguismo y el tráfico de influencias, una amplia red de corrupción mantenida desde hace treinta años en que los mismos perros intercambian collares. La misma incompetencia, la misma inutilidad, la misma rapacidad, la misma voracidad. No es justo que a Laura Elena se le atribuya en lo individual lo que es distintivo del cartel de Cultura del Estado. A diferencia de González Sánchez, los funcionarios actuales de la dependencia tienen la obligación de servir a la sociedad en lugar de servirse y de servir a los amigos. La Secretaría de Cultura necesita gente competente y preparada, no sinvergüenzas y holgazanes. Una vista a las publicaciones recientes del Estado arroja títulos firmados por la esposa del Secretario, por el amigo de la esposa del Secretario, por la amiga-cronista del amigo de la esposa del Secretario. Un trío y una tríada. Si nos atenemos a los proyectos financiados por el Estado, resulta que el amigo de la esposa del Secretario tiene uno muy jugoso (2,000,000 de pesos), del que se beneficia su amiga-cronista y seguramente su amiga-esposa del Secretario. No es descartable que a Eudoro Fonseca también le reditúe ese proyecto porque es amigo del amigo de la esposa de Secretario y de la cronista-amiga del amigo de la esposa del Secretario. Ninguno de ellos ha hecho otra cosa por San Luis que no sea asaltar el presupuesto público, eso sí con modales refinados, lujo de caravanas, canapés a todas horas y brindis extemporáneos.
Todo indica que Laura Elena no desentona en este panorama, al contrario, se confunde naturalmente con él. ¿Por qué entonces los reclamos?
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