Se informa en diferentes medios que hace unos días entraron en la Secretaría de Cultura a robar y que no encontraron nada. Las notas aprovechan para destacar el absentismo del titular, Armando Herrera. Uno no entiende muy bien la importancia de que Pánfilo Herrera se encuentre o no en la Secretaría. Cuando está, no está, y si no está, no está. Un pisapapeles administraría con más dignidad y solvencia la institución. No digo que sea estrictamente un pisapapeles. Desde que comenzó la pandemia, optó por recluirse. Ahora que han reiniciado actividades, no hay quien lo saque de casa si no es al reclamo femenino. Lo que tiene muy claro son las prioridades que en absoluto se ajustan a las de la SeCult. Sus cualidades están a la vista: perezoso, irresoluto, inerte, vago, inmóvil, haragán, postizo, inseguro, perplejo, indolente, descuidado, apático. En definitiva, un estuche de monerías con todo y lentes muy en su lugar. Pero si algo es distintivo de Pánfilo es que es tartufo. Un tartufo es un hipócrita, aquel que dice por la espalda lo que calla a la cara, que dice lo que no piensa, que piensa lo que no dice pero dice lo que sea. El tartufo es el lambiscón, el lame suelas, el resentido reactivo a la franqueza que acepta con aparente cortesía y lujo de caravanas aquello que maldice por atrás.
Pánfilo tiene motivos para el resentimiento. Su indigencia intelectual debería de ser objeto de estudio. Su personalidad de bureau móvil lo convierte en pieza codiciada de cualquier instancia oficial, confundido con cómodas, escritorios, macetas. Un elemento de ornato. Mezclado con el paisaje burocrático, se sacude su presencia objetual cuando abre la boca, habitualmente para hablar mal del sr. Gobernador, con excepción al dirigir requiebros al personal del otro sexo. No es fácil entender por qué Pánfilo se expresa en tales términos de quien lo rescató de su estatus cosificado y lo elevó al rango inmerecido y sorpresivo de semoviente. El agradecimiento no es su atributo, como tartufo de estirpe. En su inconsciencia es capaz de pensar que se merece estar donde está pero no está. Corolario a semejante despropósito es el asunto de la ética del que gusta explayarse. Pánfilo habla de la ética como si se tratara de un ente lunático. No le ayuda, desde luego, su familiaridad con el oportunista amigo íntimo de su esposa oportunista, ni con la oportunista cronista-corista amiga íntima del oportunista amigo íntimo de su esposa oportunista. (La cronista-corista despatarrada sobre la barra de una cantina, vaso de absenta en mano, ha decidido que debido al ajetreo de los moteles mejor se construye uno en el predio que tiene junto a su Pantaleón para que administre las citas).
Pánfilo exhibe sin pudor su temperamento dionisíaco, su adicción al placer, su entrega al hedonismo en cualquier presentación. Rasguea el cuatro como Pan sopla la flauta de siete carrizos, pero con las limitaciones de fauno manco. Pánfilo Herrera no está en la SeCult aunque esté en la SeCult. Pánfilo no se pregunta por el sentido de la vida, se deja mecer por ella con el oscuro deseo pero muy visible de que las damas se acerquen a él. También le mueve desaparecer recursos públicos, oficio que desempeña con la solvencia y la eficacia ausentes en todo lo demás. Para Pánfilo la SeCult es coto de caza y casa de cambio. Nada hay que pueda reclamársele excepto que sea un tartufo intolerable. Los ladrones no encontraron al Secretario en la dependencia, pero si hubiera estado tampoco se habrían percatado. Dicen que no se llevaron nada, a lo mejor es porque el Secretario ya se llevó todo lo llevable.
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