- Por Elías Landero
Con ínfulas de historiadora, la odalisca hace méritos en el serrallo del faquir. Deshace los velos de su cintura ante la atenta mirada del tragasables recostado en la cama de clavos con punta roma (siempre la trampa). La edad no pasa en vano y advierte a ojos vista la pérdida del favor del tragafuegos. La función cada vez se demora más, puesto que mahatma se ha desplazado con sus concubinas a Xilitla. Acaso ha llegado el momento de tentar a la suerte y ofrecerse al Chiquilín, quien en opinión de la admirable euritmia usurpa la dirección del Archivo Histórico. Piensa en su decadencia, “quién me ha visto y quién me ve”: de Jongitud Barrios al Chiquilín. Es cierto que expolió el Archivo, también que envía a su lebrel para que incomode al recién nombrado director. Hay individuos que son perros. Pero no parece que el Chiquilín vaya a rendirse ni a las artimañas de la odalisca, ni a los ladridos del sabueso.
La hieródula tendrá que emplear sus habituales estratagemas desopilantes para evitar que la lleven ante la justicia por haber saqueado el Archivo Histórico mientras fue su directora. Para María Isabel Monroy Castillo es lo mismo despojar el Archivo que la obra de Primo Feliciano Velázquez, en lo que coincide con Tomás Calvillo Unna, pirata a tiempo completo. Patente de corso es el sistemático plagio de la obra de Primo Feliciano por parte de ambos filibusteros que, a su vez, Monroy Castillo vuelve a plagiar, ver https://vuelomagazine.com.mx/?p=44428. No es fácil entender esta fijación hacia lo que tienen otros, una patológica búsqueda de la felicidad que siempre está más allá pero que se enfatiza a cada apropiación indebida, sin importar si se trata de un hombre, una mujer, un cargo, una prebenda, un trabajo, un libro, un artículo; hurtar incluso las paternidades de las hijas. Quizás sea estrategia para evadir el propio examen, temor a mirarse en un espejo. Conviene reparar en ese momento de ilusoria felicidad arrebatada una vez publicado el plagio, semejante a la sustracción de documentos del Archivo Histórico cuyo objeto no es otro que archivarlos en casa para luego fusilar a Primo Feliciano. La inadecuación exhibe a María Isabel Monroy Castillo y Tomás Castillo Unna. Dos sujetos extraviados que confunden tener con ser. Mentes inmaduras ancladas definitivamente en esa edad a la que si alargan un poco más la actual regresarán en círculo perfecto. No han hecho carrera, sólo su apariencia que es lo único que inquieta. La realidad, sin embargo, es tozuda y exhibe dos temperamentos inmorales y protervos. Saltar de cama en cama reditúa en el momento, luego hay que convivir con la memoria.
El “pero” a operar como padrote es que se vuelve hábito. Así la odalisca y el faquir siguen ofreciendo sus patéticos espectáculos ante un cada vez más reducido público porque ya no hay nada que mostrar. Incapaces de aceptar la edad, resistentes a la evidente decadencia, reactivos a asumir su turbadora condición, continúan con sus mañas para importunar a quien a primera vista acepta el cargo de director del Archivo Histórico con probidad, con ánimo de hacer las cosas bien, con esas buenas intenciones que nunca tuvo el tándem farandulero. A San Luis le conviene que el Archivo Histórico funcione de manera profesional, en absoluto que Calvillo-Monroy intriguen para su bene
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