Historia de amor de albas sucias y sórdidas noches la del pirata cojo con pata de palo y la cronista-corista narcisista y tontaina. Para sus afectos y melindres escogieron un locus amoenus ubicado en la Florida, intempestivo jardín bucólico trasladado a esos lares: donde cantaban alondras, trinan zopilotes; el culto pasto deja lugar a césped ralo; la cantinela de la fuentecilla ha sido sustituida por el glogloteo de aguas estancadas de una poza con pretensiones. Todo invita al solaz del amor acrisolado en la contrariedad y el qué dirán, desplegado a hurtadillas en el escaparate social, cimentado con buenas dosis de hipocresía que contamina lo que roza, evitando exponerse ante una potosinidad al acecho y de lengua presta, viperina siempre, querendona de la apariencia, enemiga de la verdad incómoda. Quedan lejos los tiempos del motel Pabellón de Oro inaccesible para las cornamentas de sus respectivas parejas, de recíprocos reclamos que los llevaban a escalar muros para exigirse la incondicionalidad de su amor sin reparar en la presencia de aquellos a quienes habían jurado fidelidad, de su huida inmóvil ocultos entre faldas de sotanas y capillas, brumas de incienso y humo negro de cirios, adornados con la mueca servil del apóstata. Atrás quedan también maternidades que hoy sobreviven en la verdad de la murmuración y de los certificados de paternidad a contrapelo del estéril fingimiento destinado a la galería. Para restituir esa responsabilidad qué mejor que acomodarse en el paraje ameno de la Florida. La cronista-corista admite que debiera también trasladarse con los padres de sus otras hijas. Pero el pirata cojo con parche en el ojo y pata de palo muestra sus recelos. Al fin, no sólo se aman sino que aman, ella, a todo lo masculino o que se le parezca, a lo femenino o que se le parezca, ello.
Ella y ello han llevado la pluralidad a su amor. No quieren poner adjetivos que lo limiten como tampoco se ponen puertas al campo. En todo caso, prefieren calificarlo de democrático, un guiño que algo tiene de biográfico, rememorando batallas que no dieron o que usurparon al servicio de su imagen esculpida en la piedra de la traición, el chantaje, el fraude, el adulterio, el engaño, la mentira, el tráfico de influencias, el dinero mal habido, la corrupción rampante. No faltan el cúmulo de democráticos plagios firmados unos al alimón, consecuencia del arrobamiento y de la desvergüenza. El talante democrático del pirata con las mujeres le merece el sobrenombre de Varón Dando, afortunado hallazgo a partir de la loción masculina, sucedáneo de pachulí, con que se acicalaba en los principios heroicos del amor y del trile. Más prosaico, pero ajustado a su servicio social, resulta barragana verbenera del que ella hace gala en confianza, pero del que no presume en público a no ser que también se lo lleve al huerto. Abelardo y Eloísa, Eloísa y Abelardo en su locus amoenus. ¿Locus amonenus? No, falta el árbol de fresca sombra que cobija a los delicados amantes.
¿Dónde está el árbol? El árbol estuvo, pero en un nuevo lance de amor, preparando el recibimiento de la cronista-corista al tálamo ameno, ello en modo leñador decidió talarlo. No era cualquier árbol, sino el árbol. Aquél al que el pirata cojo llamaba el padre de todos los árboles, el símbolo de la vida, el testigo vivo de la historia, la quintaesencia de lo orgánico, la paz de todas las batallas, la guerra de todas las madres, con cuya madera fantaseaba una pata de repuesto comme il faut. Ello lo derribó para gusto de su amante, en una demostración de amor sin barreras que los vecinos no comprendieron, reclamando al inspirado ecocida. Ante las quejas, optó por lo que sabe hacer debidamente reposado en la meditación del más acá que es lo otro que sabe hacer: echar choro con profusión de visiones, lujo de pendejadas, recuento de imbecilidades. Una historia de amor sin igual. Pero ¿gratuita? Todo indica que la cronista-corista nombró herederos de su hacienda al pirata en modo leñador y a su esforzada estirpe. La historia de Abelardo y Eloísa palidece ante la de los amantes de la Florida que, como los de Teruel, tonta ella ¿tonto él?
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