La Secretaría de Cultura del Estado es una sociedad de elogios mutuos, agandalle y colocación. Los gobernadores la instruyen para pagar cuotas y devolver favores. Resulta pintoresco e, incluso, primoroso que sean las mismas cuotas y los mismos favores porque siempre aparecen idénticos personajes que se limitan a intercambiar máscaras carnavalescas: Fernando Carrillo, Laura Elena González, Armando Adame, Armando Herrera jugando a gato o a la traes. En el caso del Gobernador Carreras, la apuesta por el actual Secretario es una declaración de intenciones. No lo nombró en reconocimiento a sus méritos (el único, muy potosino por vicario, es el de ser sobrino de exgobernador), sino para informar de una vez la escasa consideración que tiene por la dependencia. Recibido el cargo, al flamante titular no se le ocurrió más que disfrazarse de homme de lettres en irresoluble conflicto. En el atavío a modo destacan unos lentes que en su careto acentúan lo ridículo. No es que estén mal, sino que en el pánfilo se antojan impostados. Con objeto de equiparse de autoestima optó por la receta de ocasión al rodearse de individuos que amueblan desde siempre la oficina.
Convenientemente pertrechado, su actuación privilegia dos ámbitos. Por un lado, complacer a su equina y oportunista mujer y a la patulea que la rodea con atenciones a su amigo íntimo y a la cronista-corista amiga íntima de su amigo íntimo. Semejantes muestras de nepotismo y malas prácticas le parecen al titular idóneas y elegantes, toda vez que se refugia detrás de unos lentes que subrayan más si cabe su presencia innocua. (Con una cantimplora de dos litros atiborrada de margarita a base de Don Julio, apenas perfumada con limón, declara la calderona cronista-corista al recibir el galardón “La novia de San Luis”, con su modestia habitual, que a causa de sus muchos años hoy sólo lo es del 50%). Por otro, el secretario se dedica a juguetear con el personal femenino como si asistiera a una fête galante de Watteau en trance de huir a Citerea. Se entiende que retribuya a Claudia Rocha y a la satrapía proporcionalmente a sus deslices como sustituto del perdón, pero debería contenerse a riesgo de esquilmar el presupuesto. Armando Herrera, tarugo y orondo, obtuso y quebradizo, ignora en qué consiste su puesto. Tras informar que resolvería la coyuntura del proyectado Jardín Escultórico del Desierto, hizo mutis por el foro si bien manipula el presupuesto que su socio-cómplice Fernando Carrillo administra a conveniencia. Para la ocasión, mandó confeccionar un libro con un costo de casi medio millón de pesos, empaquetado y embodegado, que no distribuye porque opera como evidencia en contrario. Herrera es un absceso irritante de la administración. No llega a estatus de ornamento o enser a causa de su ya familiar torpeza. Basta asistir a cualquier alocución. Lee de la misma manera que engulle gorditas de Morales, pronuncia como si masticara zacahuil, trabuca palabras con la facilidad de un disléxico. Con tales adornos, parece excesivo sugerirle que memorice nada y más bien hay que rogarle que no abra la boca, en su caso mero ornato excepto para atascarse.
Producto del servilismo, resultado del clientelismo, su estricta nadería exhibe al funcionario público codicioso y rapaz. Si el gobernador le muestra tolerancia, en reciprocidad éste le regala maledicencia y deslealtad, como tartufo rematado, como funcionario postizo, como burócrata de repuesto. Lascivo y sicalíptico, inseguro y acomplejado, Armando Herrera sólo espera a que termine el sexenio para cambiarse los lentes y llorar junto con su mujer en el regazo de Samanillo, ese amigo íntimo de la cronista-corista amiga íntima del amigo íntimo de la mujer del secretario. Más que un trío, una orgía.
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