La Secult aparece como extemporánea Notre Dame de Paris, con su Claude Follo-Pánfilo Herrera, Quasimodo-Manuel Gameros, Esmeralda-Cissi Nono Montilla, gárgola 1-Eudoro Fonseca, gárgola 2-Armando Adame, gárgola 3-Jorge Humberto Chávez. Pero el acendrado romanticismo de la novela de Víctor Hugo se ha transformado intempestivamente en descarnado El Cártel de Don Winslow.
Director General de Fomento Artístico de la Secretaría de Cultura del Estado, Manuel Gameros, individuo paradójico y torvo, resuelve sus contradicciones ante cada oportunidad de aumentar su cuenta corriente. En este sexenio ha desplegado todo tipo de actividades irrelevantes y frívolas para hacerse con la lana del erario que pasa ante sus narices. La trampa y la fullería son inherentes en un tipo desgarbado y con joroba que vino a atracar el presupuesto para hacerse con una casa en el Club de Golf. Los festivales que organiza con cualquier pretexto, mejor si son taurinos, se presentan como alardes que tras bambalinas se juegan en el terreno del moche con artistas y representantes. La negociación para la contratación de los invitados nunca se dirime en términos de calidad u oportunidad, sino en extremos de lo que le corresponde al bolsillo del tahúr.
El hecho de que Armando Herrera, sátiro Secretario de Cultura, lo mantenga en el puesto indica que una parte del botín le llega puntualmente. Esta pareja socava con regularidad a la institución de todo prestigio y solvencia. Pánfilo Herrera-Quasimodo Gameros no se limitan a defraudar el presupuesto, sino que participan a sus esposas, amigos y amigas de la obscena orgía. Cada evento de Gameros viene acompañado de un escándalo frente al que no muestra rubor alguno y que recibe con su jeta de cemento. Cada acto que planea revela al sinvergüenza sin escrúpulos. El modus operandi se multiplica sistemática y metódicamente. La Secretaría de Cultura es un cártel por derecho propio, concebido como asociación delictiva, entendido como organización prevaricadora. No deja de sorprender que el Gobernador, Juan Manuel Carreras, haya permitido las maniobras de este tándem cuya única aportación ejemplifica lo que no debiera hacerse en una instancia oficial.
Pánfilo Herrera, acomplejado e inseguro, reconoce en Gameros, decidido y caradura, a su complemento impremeditado. Lo que oculta uno, lo blanquea el otro. (La cronista-corista especialista en fomentar y beneficiarse de la corrupción de la Secult, comparte sus fechorías de hieródula con su gurú sicalíptico y gigoló brindando con unos odres de Moët & Chandon). Gameros dota de temperamento secreto e inconfesable a la Secult; Pánfilo, de mediocridad pública e insoportable. Entre ambos la han convertido en una timba en que siempre gana la casa. Gameros, además de la virtud del ilusionista de desaparecer dinero que reaparece siempre en sus cuentas corrientes y en las de Pánfilo, gusta de informar a quien se deje de sus innumerables contactos, sean empresariales, culturales o políticos, si son estos mejor. Si Quasimodo saltaba de campana en campana, Gameros lo hace de contacto en contacto. Exhibe la necesidad del incompetente de reivindicarse de manera vicaria, de vivir la vida de otros, de ser lo que de ninguna manera podría. En su ya dilatada carrera aprendió que lo público, puesto que no es de nadie, es suyo, observación que lo emparenta intelectual y moralmente con Pánfilo y sus amigos.
Cuando Herrera llegó a la Secretaría comentó: “quién me iba a decir que ocuparía este escritorio”. San Luis se dice: “qué hace Pánfilo en ese escritorio”. Pero no dijo que del otro lado estaría el chepas, deformación que delata el trasiego de los sacos atiborrados de billete. La novela de Hugo termina con el incendio de la catedral de París; en la de Juan Manuel Carreras, la Secult hace tiempo que está reducida a pavesas.
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