- Por Elías Landero
El Chiquilín se despachó a gusto el otro día en contra de intelectualoides a los que califica de “huevones”: Ignacio Betancourt, Martha Rivera, Juan Carlos Ruiz Guadalajara, María Isabel Monroy Castillo y Tomás Castillo Unna, ver https://www.facebook.com/watch/live/?v=2418739864935995&ref=watch_permalink
En el caso de Ignacio Betancourt y Martha Rivera, el calificativo “huevón” es pleonasmo; reiteración en el de Ruiz Guadalajara; sinónimo exacto en el de María Isabel Monroy Castillo y Tomás Calvillo Unna. Entre esta pléyade de gandules, interesan Monroy y Calvillo. En realidad, aceptando la exactitud del adjetivo, parece necesario algún matiz que no rebaja la acusación sino que la precisa. La “huevonería” de ambos obedece a causas dispares, si bien las consecuencias son equiparables. A primera vista, los dos esforzados académicos padecen los mismos males: plagios, apropiación del trabajo de otros, usurpación de tareas ajenas. Los motivos se antojan diversos y se localizan en este caso de cintura para arriba: Tomás Calvillo Unna es un “huevón” que se dedica a visionarias meditaciones que no le permiten más trabajo que sablear a quien se deja; María Isabel Monroy Castillo evita el trabajo porque en lo intelectual vive en ese estado vegetativo de quien no tomó ácido fólico. Otra cosa es lo que sucede de cintura para abajo, en esta zona pocos individuos más activos que los consignados. En rigor, son hiperactivos. Ambos cambian de pareja a celeridad inusitada, aunque con la misma velocidad se complementan. Sus vidas son una retahíla de relaciones que apenas duran el primer contacto a condición de haber enfilado el siguiente. Más que relaciones, contactos; antes que amistades, mercancías; mejor que conocidos, empalmes. Todo a una velocidad gobernada por el antojo momentáneo. Con tal de cumplimentarlo, no importan las promesas que van desde negociar un nombramiento hasta asegurar un puesto de trabajo para la última conquista obligada a satisfacer la imaginación sicalíptica a cargo del erario. Son “huevones”, es cierto, pero de cintura para arriba.
En este sentido, se entiende que el Chiquilín no haya hecho distingos entre los cinco hombres y mujeres justos. No basta con denunciar la “huevonería”, es necesario acotarla a riesgo de incurrir en generalidades que deslegitiman las afirmaciones. Pero en asuntos de trabajo no le falta razón al Chiquilín, tanto da Martha Rivera que María Isabel Monroy Castillo, Ignacio Betancourt que Tomás Calvillo Unna, Juan Carlos Ruiz Guadalajara que Juan Carlos Ruiz Guadalajara. Cada uno y los cinco juntos dotan de sentido y de matices al término “huevón”. Con todo, el Chiquilín introdujo una variable que es necesario considerar. Calificó a Tomás Calvillo Unna de “Huevón Mayor”. Bien, examinemos la graciosa fórmula. Calvillo Unna es el “huevón mayor” porque no ha trabajado en la vida, porque la palabra “trabajo” le causa violentos sarpullidos, porque lo postra en cama como moribundo. ¿Cómo ha conseguido sortear este reparo? Literalmente, vendiendo visiones. Calvillo es un vendedor de visiones de la misma manera que Monroy Castillo vende trabajos que hacen otros. Distintas maneras de entender una profesión para la que carecen de aptitudes. No obstante, ambos forman ya parte del repertorio de tipos curiosos y caraduras de San Luis Potosí. Habría que sumar al elenco a Horacio Sánchez Unzueta, padre putativo de las dos bestias, pero esto ya mejor se lo dejamos al Chiquilín.
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