En los cruceros más transitados de la zona metropolitana de San Luis Potosí es común observar a niños indígenas que sus padres obligan a hacer malabares, vender dulces o simplemente pedir dinero, esto en jornadas que en ocasiones superan las 12 horas expuestos a la intemperie y a los peligros que significa caminar entre los carros que esperan el semáforo en verde en avenidas de San Luis y Soledad. La explotación infantil a la vista de todos y la indiferencia oficial.
La explotación infantil en los menores, niños y niñas indigenas que sus padres trajeron a la ciudad, ofrecen chicles, mazapanes, paletas, hacen malabares con pelotas o simplemente piden una moneda a los automovilistas.
Son llevados a los cruceros desde tempranas horas de la mañana y deben “trabajar” en jornadas que en ocasiones superan las 12 horas, el agotamiento los vence, pues en muchas de las ocasiones no superan los 10 años de edad y comen sólo cuando les llevan algo, no pueden gastar el dinero que los automovilistas les dan.
Las jornadas son tan agotadoras que los pequeñines caen rendidos en las banquetas o camellones, tampoco les dan agua para mantenerse hidratados, por lo que estar en esas condiciones, bajo los intensos rayos del Sol, pone en riesgo su salud.
Los menores son supervisados por los padres que en muchas ocasiones descansan en camellones, bajo una sombra en espera de que se haga noche para volver a sus hogares.
Los niños indígenas son explotados en San Luis Potosí, a la vista de todos, sin que nadie intervenga. Son expuestos al peligro de caminar entre los carros y, lo peor, quedan al alcance de personas sin escrúpulos que puede secuestrarlos, violarlos o traficar con ellos.
El drama de los niños pedigüeños es algo que ni las autoridades ni la sociedad desea ver, mucho menos enfrentar.
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