Munir HachemiPor Octavio Guerrero Torres

En la literatura, los personajes cruzan, van de un lado a otro, son empujados por sus necesidades en distintas situaciones. Emprenden el conocido “viaje del héroe” que realizó Odiseo y a veces regresan a donde vinieron cuando en su destino consiguen lo que quieren.

También se puede decir, que desde siempre la búsqueda de riquezas, o cuando menos una estabilidad económica, es el motivo de estos viajes, y que en sus aventuras encuentran también motivos para rebelarse o cuestionar los sistemas de opresión a los que se enfrentan en sus lugares de llegada. En este sentido, Munir Hachemi (Madrid, 1989), se ficcionaliza en su primera novela, Cosas vivas (Periférica, 2018): no hay otra manera de contar lo sucedido cuando el horror nos susurra cada noche para escribir nuestra historia. Cosas vivas es la historia de cuatro jóvenes españoles que cruzan a Francia con el fin de conseguir trabajo de verano como temporeros de uva en el poblado de Aire sur l’Adour. El autor y personaje, Munir, presenta la historia en una especie de prólogo titulado “Respiración artificial”. En él, anuncia que la historia contada carece de adornos, de ornamento: no hay ningún sentido oculto. Podría parecer que el dolor no necesita metáforas cuando la violencia es algo palpable. No es así, ya que Munir entrelaza un diario personal con la narración del trabajo que viven día a día, así como las referencias a escritores como Kurt Vonnegut, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez y Jorge Luis Borges. Antes de contar la historia, el autor elabora un decálogo acerca de la experiencia literaria. Ahí, enlista consejos de distintos autores, como Jack Kerouac, Roberto Bolaño o Charles Bukowski. No es casualidad que todos sean hombres y una autoficción de sí mismos que, gracias a la pobreza, el viaje y el trabajo, comenzaron a escribir sus primeros textos. El autor denuncia el canon literario compuesto, en su mayoría, por hombres: “El emprendimiento, el espíritu aventurero y en fin, la publicidad son cualidades reservadas al varón en nuestra cultura”. Todo cambia cuando los cuatro no consiguen empleo en las viñas y terminan empleándose en la industria cárnica, descubriendo la explotación que viven los seres humanos y los animales día con día. Cosas vivas no sólo es una novela, sino una crítica al capitalismo, un viaje subterráneo a la industria cárnica y lo transgénico. Ya desde la portada del libro, aparecen unas manos inyectando un brote de maíz, lo cual lleva a pensar en la sobreproducción, la alteración del ciclo natural de la vida. Lo mismo ocurre con los personajes: son inyectados de capital para así crecer en pocos días como trabajadores, como artistas, como peones de una industria que se reparte en todo el mundo gracias al consumo: “Cuanto más aceleraba esta mañana mejor entendía a Fabrice y a todos los otros: la vida de un trabajador de la AST (¿cuántas AST no habrá en Francia? ¿Y en el mundo? Cualquier otra acción -el sexo, la comida, conducir, lo que sea- se convierte en algo accesorio. Así que todo debe durar lo menos posible salvo el trabajo (que durará justo lo necesario para maximizar la ganancia) y el sueño que sin embargo no dura mucho”.

Cosas vivas no es sólo la historia llana de un viaje sin ornamento, sino la voz -más bien un grito- de las y los trabajadores que día a día se esclavizan a sí mismos en búsqueda del dinero. En esta novela se encuentran las jerarquizaciones (por ser español, por ser magrebí, por ser trabajador) y la falta de oportunidades: la otra Europa. La imposibilidad de conseguir trabajo en un país que vive de la hostelería y el turismo. La frontera: esa cicatriz que -delimitada o no- nunca dejará de sangrar; ese río, montaña o desierto donde peregrinarán miles y miles por la eternidad.