Dom. May 9th, 2021
Elias Landero

Cualquier cargo público amerita escrutinio. Cualquier cargo público exige la ejemplaridad de quien lo ocupa. Esa integridad afecta por igual a la vida privada y a la profesional. Con todo, hay grados de exigencia. Trivial por su carácter honorífico, la función de cronista demanda cumplimiento estricto apegado a la moral. La generosa remuneración se debe al estar no al hacer, puesto que no se estipulan puntualmente los quehaceres. El respeto reside en la obligación de corresponder a la sociedad al menos con una conducta ejemplar. El caso de María Isabel Monroy Castillo es elocuente de la falta y de una estrategia de ocultación para la que requiere la complicidad de una parte de la sociedad. Todo indica que ni en lo personal ni en lo profesional ha seguido una conducta siquiera aceptable. Desde luego, cada uno puede hacer con su vida lo que quiera, pero por lo mismo no todos pueden acceder a determinadas distinciones.

Isabel Monroy Castillo representa la podredumbre de una porción de la sociedad. Un secreto a voces. La expresión más depurada de hipocresía social. El simulacro en sustitución de la verdad. Al preguntar sobre la señora hay dos respuestas: desconocimiento y risa. Interesa la segunda. Se ríen quienes la utilizaron como artefacto a cambio de favores mediado un pacto de silencio; se ríen quienes la manipularon para desahogar esa otra moral que la moral censura; se ríen quienes pervierten a las personas para objetualizarlas. Pero también Isabel Monroy Castillo se ríe, no de aquellos a los que debe su posición en pago a los servicios prestados, sino de la sociedad a la que debería respetar. La supuesta objetualización de Isabel Monroy Castillo, que asumió deliberadamente, revela el fondo de una potosinidad incestuosa, decadente y obsoleta. No pocos están en el secreto que no violan por lealtad a la tribu. Los incumbidos exhibieron esa otra moral con que se presentan en sociedad, pero que cancelan una vez que se apagan reflectores y se disipan parabienes, apegados a los terribles versos: “C’est la femme qu’on aime à cause de la Nuit / Et ceux qui l’ont connue en parlent à voix basse”.

Las deudas de excesos y despropósitos las pagan los ciudadanos a los que se les impone una corista como cronista sin reparar en la ejemplaridad requerida. María Isabel Monroy Castillo no es digna del cargo. Por voluntad propia es sólo un juguete roto. No es necesario ahora consignar las tropelías cometidas por la señora, verdaderamente escandalosas y reprobables, unas pocas de dominio común. El silencio oficioso y cómplice no repara el daño hecho al nombramiento y a San Luis; al contrario, lo amplifica. Los que conspiraron para imponerla y ella misma por imponerse deberían mostrar un inopinado gesto de dignidad. Monroy Castillo extendió este modus operandi a su desempeño dizque profesional. Incapaz de hacer valer unas inexistentes dotes intelectuales, recurrió a su querencia. Para las mujeres, Monroy Castillo es afrenta y baldón. Representa exactamente lo contrario de lo que reivindican grupos feministas.

Una minoría faltó al respeto de la ciudadanía, usó los cargos como si fueran propios, miró por su beneficio momentáneo. Una sociedad que no aprecia sus símbolos por pequeños que sean no merece consideración. La corista expone a cabalidad la decadencia de una potosinidad abrazada a una doble moral disolvente y corrosiva. Carente de talento, privada de ecuanimidad, mitómana, Monroy Castillo construyó una imagen que despierta carcajadas de desprecio en quienes la usaron, sabiendo que otros se ríen de ellos y de ella con el mismo desprecio pero pagando las facturas.

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