Sáb. Abr 17th, 2021
Elias Landero

Enrique Krauze opta por el cauce epistolar con el fervor del converso. Las misivas son un diálogo a distancia, una deferencia que se tiene con alguien, una conversación entre ausentes. Tras varias cartas que el destinatario, Andrés López Obrador, no se tomó la molestia de sacar del preceptivo sobre, el ingeniero consideró pertinente dirigirse a Joe Biden, con el peregrino pretexto de que el año que viene se celebrarán 200 años de la relación México-Estados Unidos. El adelanto exhibe una ansiedad que no está motivada por esa relación. Se antoja más bien la necesidad de encontrar un destinatario que reciba sus misivas como un regalo. Desde hace unos años Krauze habita un mundo irreal, un espacio abstracto que se desmorona al primer contacto con la realidad, un ámbito personalizado reactivo al país, semejante al de López Obrador. Nadie sabe exactamente de dónde procede esa convicción del ingeniero de que es autoridad reconocida. No es descartable que se deba a la insistencia de los siameses-escuderos Cristopher Domínguez y Guillermo Sheridan, interesados en exclusiva en prolongar sus prebendas incluso en los años de la 4T. Llama la atención que en su escrito Krauze hable en tercera persona como repuesto de la primera del plural, como si la situación que experimenta fuera compartida por la mayoría de los mexicanos, como si efectivamente fuera su portavoz, como si representara a alguien más que a él mismo y a los siameses.

La situación de la mayoría de mexicanos no es como la de Krauze, sino mucho peor, motivo suficiente para que no los represente ni asuma su voz. Sin embargo, no sólo asume esa representación, sino que manipula esa voz émula de la suya. El intrépido ingeniero, defensor de la libertad a condición de que le reditúe en lo económico, se presenta como sesudo intelectual cuando en realidad sólo es un listo que hizo de la “cultura” el motor de sus beneficios a cargo del erario. Durante los sexenios anteriores no parece que a Krauze le incomodaran los abusos de las autoridades, la pobreza, la ausencia del Estado de Derecho. Se dedicó a cobrar sumas significativas a través de un entramado inmoral con apariencia de legalidad. Entonces no era adicto a las epístolas, sino a los cheques. No recurría a las misivas, sino a los mensajes bancarios. No buscaba remitentes, sino firmas de contratos. De repente, le entró el furor por rehabilitar un género en desuso como remedio a una coyuntura que exhibe tanto el anacronismo epistolar como el personal.

Krauze no comprende que están desautorizados para reclamar, reivindicar, exigir. El pillaje económico de antes es la deuda moral de la actualidad. Los años de bonanza se construyeron sobre la base friable del exceso. El presente por el momento es sólo recuerdo de ese pasado. Los señalamientos del ingeniero en la carta son adecuados. La inadecuación reside en su nombre. Enrique Krauze desde luego puede escribir lo que quiera, pero carece de atribuciones personales para denunciar los despropósitos de este gobierno. De muchas maneras promovió los abusos de los gabinetes anteriores en beneficio propio sin considerar a los mexicanos que utiliza ahora a conveniencia. Previsiblemente, Biden, como AMLO (en esto coinciden), tirará la carta a la papelera, de manera que Krauze ya debe estar buscando un nuevo destinatario de una nueva carta para iniciar un improbable diálogo a distancia. El caso del ingeniero es generalizado. No hay voces autorizadas para situarse frente a este gobierno en representación de la sociedad. El pasado casi sin excepción no sólo los condena sino que los vuelve cómplices de la situación actual.

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