Jue. Feb 25th, 2021
Elias Landero

La carta publicada en varios medios, firmada por intelectuales, académicos y políticos merece rescatarse porque privilegia la salud de los mexicanos por encima de cualquier circunstancia. Loable en su propósito aparente, pretende ocultar lo inocultable. Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze parecen exasperados por llamar la atención, extraviados en el repudio social de que son objeto y que les parece inaceptable. La misiva no tuvo más consecuencia que el desprecio de López Obrador quien además de la carta desprecia la vida de los ciudadanos. La intención de los firmantes, encomiable, se recibió con indiferencia. El problema no es el contenido sino nombres como Krauze y Aguilar Camín. No entienden que cualquier iniciativa en sus circunstancias está destinada a la papelera. La cuestión no reside en lo que reclaman, sino en sus nombres al calce de la hoja. A su lado, también están estigmatizados sus respectivos payasos. El numerito de raros del gurú Krauze incluye a la torva antinatura de los siameses Domínguez Michael y Guillermo Sheridan el enano. No admiten que durante años con el pretexto de sus empresas se enriquecieron a costa del erario. Los gobiernos en turno las financiaban pagando publicidad que permitía publicarlas para luego comprar los tirajes y distribuirlas recurriendo a los cauces gubernamentales. (Esquema semejante al empleado por Tomás Calvillo Unna y María Isabel Monroy Castillo en el obsceno plagio Breve Historia de San Luis Potosí). No podía faltar Julia Tagüeña, la hirsuta del repertorio, quien desde Conacyt desvió recursos públicos a sus cuentas personales y, además, integraba el comité de ética de la institución. En lugar de firmar la carta, debería de estar en la cárcel después de pasar por el comité de ética de Conacyt. Se dedicaron a sacar ventaja personal y de grupo para hacer y deshacer en el país en lo empresarial, académico y cultural. Se repartieron cargos, puestos, nombramientos. Se dispensaron prebendas y sinecuras. Llenaron sus arcas, cuentas y colchones. Sinvergüenzas con ínfulas de intelectuales. Su inmoralidad los vuelve infames sin excepción.

No es que no puedan firmar cartas y pliegos petitorios y demandas, resulta que están descalificados para firmar cartas y pliegos petitorios y demandas. Un grupo de payasos, una canalla de tahúres, una pandilla de bribones. La carta pierde toda legitimidad al registrar sus nombres. Pero la carta es legítima. Sus firmas la deslegitiman. No sólo ensucian las reivindicaciones sino al resto de firmantes. No entienden porque no asumen que no representan a nadie, carecen de autoridad, están privados de jerarquía. Se resisten a admitir lo que ya está sancionado. Su opinión está descalificada no por lo que opinan sino por lo que son. Así los percibe López Obrador, también la sociedad. Estigmatizados, siniestros, infames. Si quieren contribuir a un mejor país, urge que dejen de firmar, aparecer, llamar la atención. Son nadie porque abusaron sin contención, creando apariencia de legalidad en un entramado tan ilegal como inmoral. Sus nombres desautorizan cualquier reclamo. No son intelectuales porque no son ciudadanos, sólo pillos acostumbrados a hacer a capricho en las instituciones y los espacios de su interés con el dinero público. Se defienden reivindicándose como luchadores de la libertad. Nunca la defendieron, tan sólo la usaron. Así lo prueba que en un momento en que esa defensa es más necesaria que nunca, están desaparecidos a pesar de sus estúpidos twits y de su presencia en algún programa de opinión, en que prefieren comentar sobre la toma del Capitolio en lugar de un México que se cae a pedazos.

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