Jue. Feb 25th, 2021
Elias Landero

No era Teo, ni siquiera sus zapatos, pero la potosinidad siempre celosa de su buen nombre no evitó el sofoco. ¿Realmente uno de sus hijos dizque predilectos había hecho el ridículo en una fiesta celebrada en Ciudad de México? No sorprendió que lo hubiera hecho, sino que se desplazara a la capital de la República para hacerlo. La potosinidad se preguntaba azorada qué motivos habían llevado a Teo a exhibir su politesse en algún lugar de la colonia capitalina de Tlacopac. Instantáneas de Teo con sus hermanos asaltaron los smartphones. El rubor rebajó su intensidad una vez que se supo que Teo no era Teo y que esos zapatos no eran sus zapatos. Un suspiro de alivio potosinidado disipó la espesa atmósfera de la madrugada del domingo: Teo hace el ridículo, pero lo hace en casa. Con todo, las redes sociales ya habían sentenciado al egregio empresario, político, intelectual, diplomático y chico para todo pese a su edad que ya alcanza a la del glifo chichimeca, Horacio Sánchez Unzueta. Pero Teo no estaba complacido o no lo estaba del todo. A decir verdad, no compartía la dicha que embargaba a la potosinidad después de acreditar que su Teo y sus zapatos no eran el Teo y los zapatos que circularon con vértigo por las pantallas. Teo estaba incómodo, irritado por momentos. ¿A poco no sabían esas turbas digitales quién era? ¿Pasaron por alto una fama esculpida en la piedra de cantera rosa del servicio generoso y pródigo? ¿Acaso ignoraban sus triunfos en todos los ámbitos en los que había incursionado a pesar de obstáculos y adversarios? ¿Cómo pudieron confundirlo con un pelafustán que pateó con los zapatos el carro de una vecina? ¿No sabían que entre sus adornos sobresale una esmerada educación equiparable a la de Eaton College, pero sin salir del rancho? ¿Desconocían que entre sus logros se consignaba la repatriación de Tomás Calvillo Unna que había repoblado el archipiélago filipino durante seis años a costa del erario? Y lo peor, ¿cómo no distinguían entre sus zapatos y los del canalla que había manchado momentáneamente su impoluto prestigio de estadista sólo salpicado por haber fumado en el Senado? Una falta menor, insignificante en puridad, que esa madrugada de ira adquirió una envergadura poco menos que genocida.

Teo está abrumado por la perplejidad. Qué más tiene que hacer para que lo reconozcan. Teo piensa que no es hombre de estos tiempos a pesar de sus camisas a cuadros abiertas hasta el pecho, a pesar del cabello ralo acicalado con gomina, a pesar del bronceado que invita a imaginar alguna playa de Nayarit. No, este siglo ya no es mi siglo, concede para sí nuestro Teo. En todo caso, sus zapatos sí son sus zapatos, compañeros inseparables, discretos confidentes, cómplices silenciosos, testigos mudos de su entrega a una ciudadanía incapaz de valorar lo que hace por ella. Una sociedad desagradecida, no como sus zapatos, a los que lustra con celo de amigo y porfía de amante. ¿Cómo pudieron confundir los zapatos? Le duelen sus zapatos, vestigios de un pasado derogado, los mismos que lo encaminan a juntarse con Sánchez Unzueta en mañanas soleadas en algún café de Carranza. Ante el glifo, Teo se siente revigorizado por la comparación, porque Unzueta no es hombre del siglo xxi, ni del xx e, incluso, se dice que tampoco del xix.

Con la perspectiva de los días, Teo conviene que también aprendió algo del malentendido. Ni él ni sus zapatos son quienes pensaba que eran, pero en esos momentos aciagos sólo estaba él con sus zapatos, acompañado del espeso eco de sus pasos. La lealtad de las pequeñas cosas. La potosinidad estuvo a punto de traicionarlo como traiciona siempre. Quizás ahora, además del inveterado afecto por sus zapatos, se desabroche más la camisa y enseñe el dedo.

 

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